Modelos Tibetano y Occidental de “salud mental”

La primera vez que me interesé por la idea de los modelos tibetano y occidental de salud mental fue cuando era estudiante graduado en Harvard. Tuve la suerte de disfrutar de una beca de viaje Harvard pre-doctoral y luego de una beca post-doctoral, lo que me permitió vivir en Asia dos años y estudiar algo que me asombró, francamente, cuando me di cuenta por primera vez de lo que había allí para estudiar.

Yo, como estudiante de Psicología en Harvard, había llegado a dar por supuesto, como se da por supuesto tácitamente en Occidente, que la Psicología es una disciplina científica que surgió en Europa y América en el siglo pasado. Así que cuando llegué a Asia y empecé realmente a examinar los sistemas orientales de pensamiento, me quedé asombrado al descubrir que hay un sistema psicológico encerrado en cada gran tradición religiosa, la parte esotérica de la religión. Y de los sistemas que estudié me pareció que el budismo tibetano tal vez contuviese la más refinada de esas psicologías. Tiene, por ejemplo, un modelo fenomenológico preciso y análisis detallados de estados mentales y de los procesos de cognición y de conciencia. Ofrece una definición operativa de salud mental y un método para transformar la conciencia que es completamente único y muy diferente de nuestro propio enfoque occidental. Y lo que es más significativo: ofrece una visión de posibilidad humana que sostiene que el logro de estados como la ecuanimidad y la compasión (es decir, un amor sin apego) no es solo un objetivo abstracto sino posible.

Yo sostengo que el modelo de salud mental que encontramos en las psicologías orientales excede y amplía, de una forma muy vigorosa, nuestra noción de salud mental. Lo que me intriga es que nunca me dijeran ni una palabra sobre esto durante mi período de formación ni en ningún curso de Psicología, a pesar de que estas psicologías se han estado aplicando durante más de 2.000 años. Creo que es muy chocante: 2.000 años es mucho tiempo. ¡Veremos si dura tanto el conductismo! Y si dura tanto la ciencia cognitiva, en realidad.

Hay una panoplia de ciencias interiores en el budismo tibetano. Me gustaría centrarme en una de las más elementales. Es un modelo de la mente compartido con otras ramas del budismo; el theravada tiene un modelo muy similar. Se llama Abhidharma. La unidad básica de análisis en el modelo Abhidharma es un solo momento de la mente en la sucesión de esos momentos en el flujo de la conciencia. En este modelo se considera caracterizado cada uno de estos momentos digamos que por diferentes “sabores”, llamados factores mentales. Cada factor mental tiene propiedades únicas que determinan nuestra experiencia subjetiva de momento a momento. En este modelo, lo que se considera primario en la conformación de la experiencia no es la realidad externa (no el objeto de conciencia) sino más bien las propiedades de ese momento de la propia mente. Por ejemplo, si el objeto de la conciencia es tu declaración de la renta, podrías estar viéndolo a través de las lentes de un factor mental de miedo, de cólera, de tristeza, o, teóricamente, de alegría… cosa improbable, sin embargo.

La cuestión es que cada estado mental, cada momento de la mente, está compuesto de una gama cambiante de propiedades que se unen al sabor y definen ese estado. Hay un bonito y sucinto adagio zen que lo explica: “Una mujer hermosa es un gozo para su amante; para un asceta, una distracción; para un lobo, una buena comida.”

Hay innumerables propiedades de la mente, y es un tanto arbitrario cómo cortes la tarta. Abhidharma selecciona unos cincuenta factores mentales que considera cruciales, la mitad de los cuales aproximadamente se consideran malsanos, considerándose los otros saludables.

La regla general de la salud mental es muy clara y directa. Los estados que son malsanos, o insanos, son aquellos que no conducen a la calma, a la tranquilidad, al equilibrio, a la meditación, al logro de la iluminación. Esa es una norma básica en este sistema psicológico. Si un factor mental mantiene o aumenta esa ecuanimidad y todo lo demás, entonces se considera sano, o saludable. El resultado es lo que equivale a un manual diagnóstico y estadístico, si se prefiere, muy antiguo: un modelo de la mente que analiza diferentes estados de la mente y los clasifica como sanos o insanos.

Muchos estados de la mente que se consideran perfectamente normales en la Psicología occidental, se consideran una patología en esta Psicología budista. El grupo de los insanos son lo que se llaman emociones aflictivas, o factores mentales aflictivos (emoción no es exactamente el término, ya que algunas de estas propiedades son cognitivas o perceptuales); veamos algunos en detalle.


Ilusión

El factor mental insano primario es la ilusión, o ignorancia, un elemento perceptual definido como una nebulosidad de la mente que lleva a falsa percepción, confusión y desconcierto. La ilusión nos impide ver las cosas claramente. Es la raíz fundamental del sufrimiento, el simple no ser capaz de ver las cosas sin ningún tipo de parcialidad. Desde un punto de vista psicológico occidental diríamos que es percepción protegida, como opuesto a percepción que no necesita ocultarse nada, que no tiene ningún miedo.


Apego

El segundo factor malsano es el apego, un término un poco arcaico. Un término mejor y más actual sería aferrarse, porque su sabor es el de un ansia egoísta de satisfacer el deseo que exagera el atractivo de lo que se desea. Es un deseo que distorsiona. Expresa una cualidad adictiva del ansia. En este modelo el apego es egoísta, el amor no lo es.


Cólera

La cólera o la hostilidad, es una aversión intensa que distorsiona la realidad también, pero en dirección opuesta a aferrarse. Nos hace ver las cosas bajo una luz desagradable. Desconcierta, extravía y perturba la mente.


Engreimiento 

El engreimiento, o la presunción, es una autoimagen hinchada o suficiente que nos hace, citando una fuente, “envidiosos de los superiores, rivales de los iguales, y arrogantes con los inferiores”. Pero el modelo Abhidharma es un catálogo extremadamente exhaustivo de la mente, así que no entraré en las 7 variedades de presunción que se han descrito.


Ideas erróneas

Las ideas “erróneas” o “enfermas” son otro factor clave. Se trata de la percepción o el discernimiento equivocados de las cosas. Tras percibir erróneamente debido a la ignorancia, uno sigue interpretando erróneamente. Me gustaría indicar también que todos estos factores se pueden cartografiar fácilmente en términos de ciencia cognitiva. Estamos hablando de una distorsión perceptual fundamental que luego, en el flujo de información, conduce a categorizaciones erróneas y a reacciones emotivas vinculadas a éstas.


Indecisión

Otro factor aflictivo es la indecisión, o perplejidad, la incapacidad de decidir. La mente está llena de duda extrema; estás tan desconcertado que te paraliza la indecisión.

Hay varias aflicciones derivadas en que se mezclan estos factores. De la ira, por ejemplo, vienen la cólera, la venganza, el despecho y la envidia, y del apego, cosas como la avaricia, la petulencia, la excitación y la agitación. La Psicología Abhidharma considera que la excitación caracteriza muy frecuentemente la mente de la gente normal porque, citando la misma fuente, “hace que la mente se enrede en la fantasía incontrolada o la frivolidad”. Eso equivale a decir que el flujo de la conciencia, como tendemos a preferir nosotros, es un flujo de excitación y agitación en nuestro estado natural normal… que es diferente del “estado natural” en el sentido en que lo diría Su Santidad el Dalai Lama.

La excitación es interesante, porque desde un punto de vista occidental no es anormal ni patológica. Pero pasa a serlo cuando intentamos meditar. Recordad que era una de las reglas determinantes clave para saber si un factor mental es sano o insano. Si estamos demasiado excitados, demasiado distraídos por la fantasía y demás, no podemos sencillamente centrar la mente.

Hay largas listas de factores aflictivos. Tres que resultarán familiares a cualquiera que haya estudiado alguna vez el Catecismo de Baltimore son: envidia, pereza y letargo. Creo que no es ningún accidente el que haya una comunidad, que se puedan ver partes del análisis Abhidharma de la mente en otros sistemas religiosos, como el catolicismo. Creo que la filosofía perenne (como la nombró Huxley) que subyace a todas las religiones muestra que persiguen el mismo objetivo y tienen visiones muy similares de cuál es realmente el problema de la condición humana.

En el budismo la solución se ve en relación con los factores mentales sanos o saludables, que son los antídotos de los malsanos. Veamos algunos.


Claridad

La claridad o certidumbre es ver las cosas muy claramente, una agudeza de la mente que es antitética de la ilusión.


Desapego

El desapego es una cualidad de la mente que consiste en no aferrarse, no codiciar. No aferrarse ni a nada ni a nadie. Es distinto de lo que podríamos llamar frialdad gélida, una especie de actitud esquizoide que la Psicología Abhidharma consideraría una forma sutil de ira. Lo que se entiende por desapego es una actitud que deja ir fácilmente y no se aferra.



Bondad amorosa

Es la antítesis del odio, de la aversión. Estos tres factores saludables se oponen a lo que se considera que son las tres raíces del sufrimiento mental: apego, odio e ilusión.

Hay otros factores sanos y saludables. Para agotar rápidamente la lista, figuran entre ellos: el entusiasmo o energía; fe (o más bien confianza… ya que se trata de una fe inteligente, inquisitiva, no de una fe ciega); dignidad; consideración con los demás; recta conciencia; no violencia, o compasión (desear que todo el mundo se halle libre del sufrimiento es el verdadero sentido del término); o la ecuanimidad.

Lo que tenemos, pues, es una definición operativa de salud mental que dice simplemente que la persona más sana es la persona en cuya mente nunca surgen los factores malsanos. Se trata de un tipo ideal, el prototipo de salud mental. El problema es, claro está, que la mayoría de nosotros estamos la mayor parte del tiempo en estados en los que hay una cierta mezcla de esas cosas. Según esas normas, nos ajustamos al diagnóstico de Buda de que: “Todas las personas mundanas están trastornadas”. Así que la cuestión es: ¿qué hacer?

Pero el Psicólogo Abhidharma comprendió que el simple hecho de saber que un estado es malsano hace poco o nada por ponerle fin. Si lamentas tu indecisión y deseas que desaparezca, lo que estás haciendo es añadir aversión y deseo a la mezcla de estados mentales aflictivos… ¿comprendéis la dificultad? Así que la estrategia es una especie de enfoque aikido, en que ni buscas los estados de salud directamente ni intentas expulsarlos. Lo que haces es meditar.

Estoy simplificando excesivamente, claro. Pero lo que haces, en resumen, es embarcarte en un camino completo de autodisciplina, que incluye normas éticas y un maestro que sepa realmente lo que está pasando y pueda ayudarte en los escollos. Pero la psicotecnología primaria fundamental es la meditación en sus muy diversas variedades. Reformulando esto, meditación, en términos de ciencia cognitiva, es simplemente el esfuerzo sostenido para reconvertir hábitos perceptivos y de atención. El esfuerzo se centra en transformar el proceso de conciencia, no su contenido, y ahí es donde las dos vías, la de Oriente y la de Occidente, empiezan a divergir.

Ahora bien, hay una vasta gama de técnicas en el budismo tibetano, más que en ningún otro sistema sobre el que esté informado yo. El camino de la fijación en un punto tal como se considera encarnada en la reacción de relajamiento es uno de ellos, en él haces volver a la mente a un punto focal central y obtienes los efectos calmantes de ese enfoque. Otro es la atención consciente, que es en realidad meditación como “metacognición”, en el sentido en que se usa en psicología cognitiva, conocer tu propia mente. En la atención consciente, se procura desarrollar una conciencia observante dentro del flujo de la conciencia, que simplemente advierte lo que está presente en ese flujo de instante en instante. Si sigues esos caminos, cualquiera de ellos, con diligencia suficiente, llegas a un punto en que hay cambios abruptos de percepción, cambios provocados en la conciencia por la meditación. Si sigues la fijación en un punto, tu contrato contigo mismo es que siempre que tu mente vague la vuelves al punto central de focalización. Si eres muy bueno, llegas finalmente a un punto en que cesan todas las distracciones; se trata de un estado modificado de conciencia llamado “samadhi”.

algunas formas de meditación utilizan primero un método de fijación en un punto para fortalecer la concentración y luego pasan a servirse de la atención consciente, sistema en que vigilas el flujo de la mente con una conciencia centrada que no se deja arrastrar, que se limita a observar lo que surge. Con diligencia, sucede algo muy sorprendente: la ilusión de la coherencia del yo empieza a desmoronarse. Y eso inicia otro tipo de cambio psicológico profundo: la percepción del vacío.

En Occidente, tanto las personas como su Psicología, tendemos a ser ingenuos respecto a cómo funcionan las cosas… pensamos que si te haces con un mantra y te sientas 20 minutos al día, van a suceder grandes cosas. Sucederán algunas cosas buenas; Herbert Benson ha demostrado eso. Pero esos cambios profundos exigen un esfuerzo continuado. No es insólito que un “científico interior” tibetano haga un retiro de tres años, tres meses y tres días y trabaje realmente en esto, día tras día, hasta dominar un método de meditación, y luego otro, y otro. Hace falta un esfuerzo intenso. Cuando se dan estos cambios profundos, es como consecuencia de un esfuerzo sostenido; no deberíamos pensar que son fáciles de lograr.

Se dice que en algunas zonas del Tíbet una persona de cada cinco era monje o monja. Esto plantea sin duda una cuestión interesante: ¿por qué sostendría una cultura a un tipo de individuos que, desde el punto de vista occidental, no aportaban nada a la economía? Su trabajo era cultivar esos estados interiores. La razón de que planteemos incluso la pregunta se relaciona con una interpretación ingenua en Occidente de lo que es importante; se debe a que tenemos una economía material espléndida con la que mantenemos una relación de catexis extrema. Esperamos demasiado de ella y depositamos demasiado en ella. Al mismo tiempo, nuestra economía interior está empobrecida.

Consideremos la diferencia entre un encuentro tóxico y uno nutricio. Entras en una tienda y compras algo y el dependiente dice: “Muchas gracias” en un tono cordial y sincero. Entras en otra tienda, compras algo y el dependiente dice: “Muchas gracias” en un tono frío y brusco. El estado interior de la persona con la que tratas es lo que define la cualidad de una cierta moneda que intercambiamos en una economía psicológica. Es una economía con resultados muy pobres; tenemos demasiados encuentros tóxicos. Culturas como las de la India clásica y el Tíbet entendían bien la importancia de los encuentros nutricios y el valor de tener gente cuyo trabajo dentro de la sociedad fuese hacernos lo más nutricios posible y enseñar a otras personas a hacer eso también. Eso es algo que en Occidente aún no hemos comprendido.


Consideremos el prototipo de una persona a la que en la Psicología tibetana se le llamaría bodhisattva. Se trata de un modelo fundamental de bienestar mental. Las cualidades de una persona así son generosidad, paciencia, entusiasmo, estabilidad mental, atención clara, penetración en la naturaleza del sufrimiento, etc. Todo lo cual permite a una persona servir diestramente a otros… es decir, no enfocar la situación pensando “qué puedo sacar yo de esto?” sino “¿qué puedo hacer yo por ti?”. Y tal como concluía Su Santidad el Dalai Lama una lista de características del bodhisattva, éste ha de ser compasivo sin apego… es decir, un amor que no quiere nada a cambio.

Daniel Goleman.

Publicado el 14 julio, 2012 en Ciencia, Conciencia, Mundo emocional, Psicología, Salud humana. Añade a favoritos el enlace permanente. 5 comentarios.

  1. Magnifico articulo.

    Cristina

  2. Muy bueno. Me pregunto por qué muchas de las mujeres no cultivarán estas cualidades…

  3. Debemos de dar nuestros conocimientos, a nuestro prójimo; sin esperar recibir nada a cambio.Es el fluye y refluye de la vida. Y así no se estanca la abundancia.

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