La reina de los venenos.

Personajes de la ficción literaria como Andrés Hurtado (El árbol de la ciencia de Pío Baroja) o el padre de Leopold Bloom (Ulises de James Joyce) fueron víctimas voluntarias de su efecto letal. En otros casos, como lord Arthur Saville (El crimen de lord Arthur Saville de Oscar Wilde) fue elegida por su efectividad y toxicidad, y también fue la esencia con la que Medea intentó acabar con la vida de Teseo, si nos trasladamos hacia la mitología griega. Y más recientemente, en juegos de ordenador como Assassins Creed: La Hermandad, es un bien muy apreciado de obtener para continuar con vida y seguir la partida. Quizás a estas alturas ya habrás adivinado, querido lector, a quién nos estamos refiriendo. O quizás no. Nuestra mortal protagonista de hoy es la aconitina, la reina de los venenos, es un letal agente tóxico menos conocido que su consorte -el clásico y popular arsénico- pero igual de implacable en proporcionar el tránsito, ya sea voluntario o malévolamente intencionado, hacia el oscuro y frío reino de Hades.

Pero la realidad siempre supera a la ficción y la infame historia de esta sustancia se remonta a la antigüedad. Lo que empezó como medicina tradicional se convirtió en uno de los tóxicos más empleados como arma química casera, impregnada en puntas de flecha, añadida a depósitos de agua o
incluso fue utilizada como veneno judicial en la Edad Media.

A mediados del siglo XV el “Consejo de los Diez” de Venecia, una organización que ejercía como policía secreta del estado, disponía de un baremo de precios para el envenenamiento de los ciudadanos “indeseables”. El valor asignado dependía de la clase social de las víctimas y de la dificultad en acceder a ellos para matarlos. Se han conservado hasta nuestros días las actas en las que hacían constar el éxito en la eliminación de dichos “indeseables” marcándolos como factum en el margen de cada archivo y describiendo el veneno que había sido empleado en cada ocasión. Rey y reina, arsénico y aconitina, fueron los más empleados durante muchos años.

Pero la infame historia de la aconitina no acabó con la llegada de tiempos más civilizados. Grigori Mairanovski, también conocido como el Profesor veneno o el Menguele ruso, fue un bioquímico soviético que dirigió el Laboratorio 1 del NKDV, un centro de investigación toxicológica destinado al desarrollo de venenos letales y sus antídotos, desde 1938 hasta 1946. La aconitina fue empleada para la eliminación de disidentes políticos y enemigos del pueblo soviético. El sueño de Mairanovski fue el de encontrar un veneno capaz de matar a una persona sin dejar rastro alguno en el análisis forense, la leyenda dice que él mismo fue víctima de tal sueño. Pero esa es otra historia.

La aconitina es un pseudoalcaloide, el más activo, presente en el género de plantas Aconitum, siendo la raíz de esta familia de plantas fanerógamas el lugar en el que se encuentra en mayor cantidad. En Europa la más frecuente es el  Aconitum napellus también conocida simplemente como acónito.
La aconitina, como compuesto químico, es la acetilbenzoilaconina (C34H47NO11), una sustancia poco soluble en agua pero soluble en alcohol, éter pero sobre todo en cloroformo. La vía de exposición más frecuente como veneno es la digestiva, aunque también se puede producir la intoxicación a
través de las mucosas o incluso de la piel por vía dérmica. La aconitina es capaz de producir la apertura de los canales de sodio de las células nerviosas y musculares. Una dosis elevada (alrededor de 0,2-1 mg) produce una sensación de hormigueo y picor en la boca, si ha sido ingerida, que se extiende hacia
toda la cara y garganta. El pobre intoxicado tiene la sensación de que su cabeza aumenta de tamaño de forma desmesurada, una sensación que seguidamente se propaga al resto de su cuerpo y extremidades. Náuseas, malestar, vértigo, calambres, arritmia y hasta fibrilación ventricular son otros de los síntomas que pueden causar finalmente la muerte si la dosis absorbida ha sido tan solo de unos 2-3 mg. El malogrado súbdito que cae en las garras de la reina de los venenos es plenamente consciente en todo momento de tales padecimientos y mantiene su lucidez durante todo el curso de la intoxicación.

No hay tratamiento específico para la intoxicación por aconitina. El tratamiento, con atropina o lidocaína, se dirige solo hacia los síntomas, y las posibilidades de supervivencia cuando se han absorbido dosis de 2 o 3 mg de aconitina cristalizada son muy escasas. Si a esta dosis letal tan pequeña se le une la facilidad que tiene la aconitina para hidrolizarse y descomponerse, no es de extrañar que haya sido tan estudiada y utilizada como el supuesto veneno perfecto. Toda una reina, en definitiva. Una reina que el mismísimo noble lord Arthur Saville eligió cuidadosamente para sus perversos propósitos…

Journal of FeelSynapsis.

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Publicado el 12 marzo, 2012 en Biología, Curiosidades, Naturaleza, Salud humana. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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