Amanita Muscaria, reseña antropológica.

Los Koryaks de Siberia tienen un mito maravilloso: el Gran Cuervo, héroe de esa cultura, captura una ballena, pero descubre que no tiene la fuerza suficiente para levantar la bolsa de yerbas con las provisiones que la ballena requiere para alimentarse en tan largo viaje. El Gran Cuervo invoca a la deidad Vahiyinin, que significa Existencia, y Vahiyinin le dice que vaya a cierto sitio donde encontrará a unos espíritus llamados wapaq. Si el Gran Cuervo come uno de estos espíritus wapaq, obtendrá la fuerza que necesita para alzar la bolsa y ayudar a la ballena. Vahiyinin escupió sobre la tierra, y donde cayó su saliva aparecieron pequeñas plantas blancas con sombreros rojos sobre los cuales la saliva del dios se transformó en lunares blancos. Estas plantas milagrosas eran los wapaq. El Gran Cuervo comió algunas, como se le había indicado, y pronto se sintió tan poderoso y alegre que fue capaz de alzar con facilidad la pesada bolsa de yerbas, con lo cual la ballena pudo volver a su casa. Los wapaq le mostraron al Gran Cuervo el sendero que la ballena estaba tomando para salir al mar, y la manera en que él podría retornar con sus camaradas. Cuando el Gran Cuervo vio todo esto dijo a los wapaq: “Oh wapaq, crezcan por siempre en esta tierra”, y a sus niños, la gente, mandó que aprendieran todo aquello que los wapaq les enseñaran.

De acuerdo a Waldemar (Vladimir) Jochelson (1905-1908), etnólogo ruso que con su colega Vladimir Bogoras contribuyó a principios de siglo con datos considerables acerca de los pueblos nativos de Siberia a la “Expedición Jesup del Norte del Pacífico” del Museo Americano de Historia Natural, los koryaks creen que los wapaq dirían a todo aquel que los comiese, aun cuando no se tratara de un chamán, “qué le aquejaba cuando estaba enfermo, o le explicaría un sueño, o le mostraría el Mundo Superior, o el Mundo Inferior, o le podían predecir lo que iba a ocurrirle”.

Como el lector sin duda ha adivinado, el wapaq de la mitología koiyak no es otro que la conocida amanita muscaria, la espectacular seta de sombrero rojo y manchas blancas cuyo renombre entre los europeos ha flotado inciertamente durante varios siglos entre el dominio de la magia y la transformación, por una parte, y la muerte a causa de un supuesto veneno fatal, por la otra. En realidad, la amanita muscaria es más alucinogénica que mortal, y ha sido durante miles de años el enervante sagrado de las religiones chamanistas del cinturón boscoso del norte eurasiático, especialmente en las zonas de los cazadores siberianos y de pastores de reno. Esta región enorme, del Mar Báltico a Kamchatka, es la única área en el mundo, aparte de Mesoamérica, donde se sabe que los hongos han sido empleados extensamente como vehículos sagrados de la intoxicación extática en tiempos recientes (en una escala menor, y estrictamente localizada, los hongos alucinogénicos también se han utilizado en Nueva Guinea y en África). Hace mucho tiempo, no obstante, como Wasson ha mostrado, el uso religioso de la amanita muscaria se hallaba mucho más extendido en el Viejo Mundo; de hecho fue este extraordinario “hongo de la inmortalidad”, la misteriosa planta enervante y deidad llamada soma en la adoración de los pueblos indo-europeos que invadieron la India desde el noroeste en 1500 a. c. Pero ya hablaremos más adelante de esta identificación. Ya desde la mitad del siglo XVII, y con mayor frecuencia y más detalles a partir del siglo XVIII en adelante, una diversidad de viajeros dotados de dones poco frecuentes de observación y objetividad, mencionaron la amanita muscaria como un enervante ritual entre las tribus siberianas. Dependiendo de las costumbres locales y de la tradición, los hongos debían comerse crudos o cocinados, frescos o secos, en forma líquida como infusión o como una decocción de los jugos del hongo mezclado con moras. Comúnmente, parece que los hongos se dejaban secar hasta cierto punto antes de ingerirse, y ésta es una observación significativa en relación con la psicoactividad de la amanita muscaria.

Con el advenimiento de la antropología en el siglo XIX, al menos algunas de las descripciones de la intoxicación fungómana y de su contexto ritual y mitológico tomaron un sabor cada vez menos etnocéntrico, aunque también hay relatos más antiguos que parecen ser notablemente modernos por su aproximación a lo que el europeo común debió considerar como costumbres muy extrañas. El naturalista alemán Georg Heinrich Von Langsdorf, como veremos, es sorprendente con respecto a esto.

LA MOSCA AGÁRICA Y LA ORINA INTOXICANTE

Un aspecto de la intoxicación de hongos en Siberia, reportado incluso en las fuentes más viejas, debía resultar singularmente impactante a quien se topaba con él por primera vez: beber la orina de la persona que comió hongos, y también la orina del reno que había tascado (como al parecer gustan de hacer los renos) en la amanita muscaria.

No es que todas las tribus que acostumbraban comer la amanita muscaria  también bebieran la orina, pero tal uso se hallaba suficientemente desarrollado y extendido para no llamar la atención de casi todos los observadores, desde el conde Filip Johann von Strahlenberg, un coronel sueco que pasó docenas de años en Siberia como prisionero de guerra y que a principios del siglo XVIII anotó sus observaciones, hasta los entrenados etnógrafos de fines del siglo XIX y principios del XX cuando la europeización de Siberia, que se había iniciado en el siglo XVII, ya se hallaba realizada, pero antes de que la vida tradicional de las tribus empezara a ser radicalmente transformada, aun en las tierras más remotas, como consecuencia de la Revolución Rusa. Como era de esperarse, no todos los europeos que vieron el rito de beber la orina pudieron reportarlo con desapego, y existen algunas situaciones divertidas en las que un escritor trata de sugerir lo que vio, u oyó describir sin ser muy específico para no ofender las delicadas sensibilidades de los lectores victorianos. Como se ha mencionado, una excepción muy notable en esa época fue Langsdorf, quien en 1809 publicó una descripción extensa de la amanita muscaria entre los koryaks, incluyendo el rito de beber la orina, y al menos su fundamento farmacológico, ya que no ideológico. Él fue también el único de los primeros observadores que investigó la naturaleza específica de la droga alucinogénica contenida en el hongo. Este aspecto no fue resuelto definitivamente hasta después de todo un siglo, cuando a fines de los años sesenta, un alcaloide llamado muscarina (por mucho tiempo reconocido como el principal agente alucinogénico en la intoxicación vía amanita muscaria pero que ahora se sabe que sólo juega una función menor) fue aislado por primera vez de la amanita muscaria.

Después de describir los efectos psíquicos del hongo, que los koryaks tomaban principalmente en forma seca o empapado en jugo de moras, Langsdorf reparó en el fenómeno de la bebida de la orina. El rasgo más extraño y notable de la amanita muscaria es su efecto en la orina. Los koryaks han sabido desde tiempo inmemorial que la orina de una persona que ha consumido la amanita muscaria tiene un narcótico con poder más fuerte e intoxicante que el de la amanita muscaria misma, y que ese efecto persiste durante un largo rato después de ingerida. Por ejemplo, un hombre puede embriagarse moderadamente con amanita muscaria un día y dormir al siguiente hasta que la intoxicación moderada se desvanezca y él se halle completamente sobrio; pero si este hombre bebe una sola taza de su propia orina, se intoxicará mucho más que el día anterior… (Langsdorf, citado por Wasson, 1968:249.)

El efecto intoxicante de la orina, continua Langsdorf, se encuentra no sólo en aquellos que comen el hongo, sino en cualquiera que bebe la orina. A causa de ese efecto peculiar, los koryaks podían prolongar su éxtasis durante varios días con un número relativamente pequeño de hongos. Supongamos, por ejemplo, que se necesitaran dos hongos el primer día para una intoxicación ordinaria; entonces la orina sola es suficiente para mantener la intoxicación al día siguiente. En el tercer día la orina aún tiene propiedades narcóticas, y por tanto se bebe un poco de ésta y al mismo tiempo se come algunas moscas agáricas, aunque sólo sea la mitad de un hongo; esto permite conservar la intoxicación durante una semana o más, sólo con cinco o seis amanita muscaria.

Igualmente notable y extraña es la sustancia narcótica extraordinariamente sutil y elusiva de la amanita muscaria, que retiene su efectividad permanentemente y que puede transmitirse a otras personas: el efecto de la orina producida tras la ingestión de un solo hongo puede transmitirse a una segunda persona, la orina de esta segunda persona afecta a una tercera y, similarmente, sin que los órganos de esta secreción animal lo cambien, el efecto aparece en una cuarta y quinta persona. (Langsdorf, citado por Wasson, 1968:249-250.) Langsdorf, quien parece haber sido el único en su tiempo al que se le ocurrieron estas avanzadas interrogantes, se preguntaba no sólo acerca de la farmacología de la droga sino también si no habría algo en el hongo que pudiese impartir un aroma y un sabor especial, “posiblemente muy agradable”, cualidades que se sabían adscritas, por ejemplo, a los espárragos y a la trementina. Por analogía, escribe Langsdorf -de nuevo considerablemente adelantado a su tiempo-, “sería valioso investigar si otras sustancias psicoactivas, como el opio, la dedalera, cantárides, etcétera, también pueden retener sus propiedades en la orina.” En cualquier caso, Langsdorf concluye que la naturaleza de la amanita muscaria ofrece al científico, médico y naturalista una gran cantidad de material para reflexionar: nuestra materia médica podría enriquecerse quizá con un remedio de los más eficaces. Pero no pensaríamos en combinación con la orina, pues esa sola idea habría horrorizado a los europeos, como en realidad escandalizaría a muchos de nosotros en la actualidad. Debemos recordar, no obstante, que (como señaló Wasson, para quien el aspecto de ingestión de la orina en el rito siberiano de la amanita muscaria resultaría de tremendo significado para la identificación del soma) en el Oriente no-occidentalizado la actitud hacia la orina era bien distinta de la que prevalecía en Occidente. En Asia, por ejemplo, la orina se empleaba extensamente como medicina y como desinfectante esterilizado, y en ciertas áreas también servía en las devociones religiosas. Asimismo, esto ocurría en el México antiguo: En el Códice florentino de Sahagún, he encontrado varias referencias al uso terapéutico de la orina. Y los médicos aztecas no sólo usaban la orina externamente para limpiar infecciones, también era administrada internamente como bebida medicinal, particularmente para desórdenes del estómago y de los intestinos. En el acto tengo que aclarar, sin embargo, que no hay indicios de que la orina haya sido utilizada alguna vez en las intoxicaciones rituales.



Alucinógenos y cultura (Peter Furst).

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Publicado el 9 diciembre, 2011 en Antropología, Enteógenos, Estados Expandidos de Conciencia, Psicodélicos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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