¿Puede la LSD curar la psicopatía o el autismo?

   Cuando hablamos de psicoterapia con LSD y sus aplicaciones, nos referimos a un tratamiento basado en la catálisis de la psique y en el manejo de estados modificados de conciencia. Si bien es cierto que nadie que trabaje con LSD puede asegurar la cura del paciente, ya que los resultados dependerán de circunstancias totalmente ajenas a la droga (personalidad del sujeto, ambiente, contenido emergente, etc.) también es verdad que a priori parece ser un método bastante acertado para lidiar con diversas patologías, pues se consigue una intensa focalización en el interior, consiguiendo tratar la causa del problema que intentamos resolver, la raíz, y así, no nos quedamos solo en los tratamientos sintomáticos, como ya es costumbre, aún y sabiendo que esos síntomas los está provocando algo.

El título de la entrada puede parecer exagerado, ¿cómo es posible que con psicoterapia asistida con LSD curemos patologías “incurables” hoy en día? Pues no es tan disparatado. Alberto E. Fontana recogió en un artículo publicado en 1961 en el Acta Neuropsiquiátrica Argentina varios casos de este tipo de enfermedades curadas con psicoterapia con LSD. Adjunto la gráfica ahora, que es lo interesante, y después el mismo artículo entero. Prefiero no resumirlo para que el original esté disponible en internet, ya que me fue imposible encontrarlo sin tener que recorrer a la revista donde se publicó para que me lo cedieran.

 

Como se observa, en el caso de las psicopatías, entre las dos psicoterapias (breve y profunda) se obtuvieron 5 curados y 10 muy mejorados. En el caso de las perversiones sexuales, 5 curados y 9 muy mejorados. En esquizoidía y autismo 10 curados y 14 muy mejorados. En depresiones, 3 curadas y 6 muy mejoradas. No se curó ninguna histeria, pero aparecen 10 casos muy mejorados. En hipocondría y somatización se obtuvieron 5 curados y 4 muy mejorados. En neurosis obsesivas se registraron 3 casos curados y 6 muy mejorados, y finalmente en psicosis tampoco se obtuvo ninguna curación completa, y solo 3 casos muy mejorados.

Mirado en porcentajes, en el caso de la psicopatía se curaron o mejoraron mucho cerca del 71% de pacientes, el 56,25% de depresiones o el 63,6% de perversiones sexuales. No son porcentajes especialmente elevados, pero lo que más sorprende, y con lo que me quedo yo, es que pudieron curar enfermedades actualmente intratables, o hasta consideradas como crónicas, como es el caso del autismo. Paso pues a compartir el artículo de Fontana:

“Desde hace años, psiquiatras y psicoterapeutas han tratado comprensivamente de acercarse al enfermo mental utilizando sustancias coadyuvantes que permitiesen acelerar el proceso de comunicación, y por tanto el de curación. Las drogas alucinógenas empezaron a usarse hace años por Kraepelin y otros psiquiatras con fines de investigación y terapia. Desde Moureau de Tours, en 1845, se emplearon éter, cocaína, alcohol, marihuana, etc. Ya en 1926, Routier trabajó con mescalina, considerándola un posible método de investigación psicoanalítica. Freud mismo se interesó en este sentido. El uso de drogas alucinógenas en investigaciones clínicas ha tenido un extraordinario desarrollo a partir de 1938, época en que se contaba con mescalina, LSD, LAE y CY35 (homólogo de la psilocina).

Después de 1938, entre los trabajos referidos al uso de drogas alucinógenas como coadyuvantes en psicoterapia, se pueden citar los realizados por Buck y Johnson en 1952; Savage, Friederking y Sandison en 1954; Abramson en 1955; y en Argentina, los realizados por Álvarez de Toledo, Pérez Morales, y los míos propios. Creemos, conforme a investigadores de diferentes escuelas psiquiátricas y psicoterapéuticas, en la evidente ventaja del uso de drogas alucinógenas, sobre todo por su escasa toxicidad, ya que con ellas se logra una disminución de la desconexión, un aumento del insight y una notable reducción del tratamiento (en mi experiencia, un tercio aproximadamente). También hay común acuerdo en el requisito fundamental de que todo psicoterapeuta que emplee LSD, realice, por lo menos una vez, una experiencia con alta dosis bajo control. Así podrá interpretar adecuadamente los fenómenos que observará en sus enfermos.

En los primeros trabajos con drogas alucinógenas en psicoterapia clínica se observaba una tendencia hacia la investigación de los orígenes de la psicosis. Los trabajos de los autores antes mencionados hicieron evidente que estas drogas eran intensos coadyuvantes  de la psicoterapia, ya que la posibilitaban y aceleraban, al tiempo que la hacían accesible a todo tipo de pacientes. Las objeciones al uso de drogas alucinógenas en psicoanálisis y psicoterapia breve o de grupo, parecen estar muy relacionadas con el error de considerar estas sustancias como una terapia per se y no como coadyuvantes. De allí que la aplicación sin la adecuada psicoterapia pueda agravar componentes psicóticos previos o permitir la aparición de actitudes peligrosas para el sujeto o para los demás. También puede producirse una disminución de las defensas orgánicas. Muchos psicoanalistas terapeutas han comentado la probabilidad de que el paciente no haga una verdadera elaboración de su situación psicológica, y que entonces las drogas no puedan utilizarse en un análisis profundo de la personalidad. Estas objeciones no son válidas, ya que nosotros -psicoanalistas- y casi sin excepción todos los que hemos trabajado con LSD, hemos podido comprobar que el paciente percibe sus defensas y fantasías incluso de forma exaltada. Esto significa que no hay posibilidad de utilizar drogas alucinógenas fuera del ámbito psicoterapéutico y que primordialmente no se perturba la situación transferencial. A la inversa, ocurre que permite la visualización de manera más intensa y su interpretación, dando el médico una verdadera prueba de realidad del proceso psicoanalítico, básicamente transferencial. Los que hemos trabajado en psicoterapia hallamos en estas drogas un medio para reasegurarnos en nuestros conocimientos teóricos previos (formación psicoanalítica en mi caso) dejando de lado ciertos artefactos formales que perturban la relación médico-paciente y, complementariamente, para ampliar el horizonte de nuestras investigaciones, rompiendo esquemas doctrinarios que pueden convertirse en verdaderas murallas para el progreso de la psicología profunda. El Dr. Pérez Morales desarrollará en particular este tema.

A pesar de nuestros planes previos, muy diferentes a los de Sandison o Abramson, prácticamente hemos llegado a las mismas conclusiones respecto a los hallazgos de distintos niveles de regresión observables mediante la utilización de dichas drogas. Mi convencimiento personal, compartido con otros psicoterapeutas, es que sería imposible no concebir la utilización de esta forma de profundizar y acelerar la investigación y el tratamiento del enfermo psíquico.

Refiriéndonos específicamente al uso de esta técnica combinada de psicoterapia consideramos: 1) El análisis individual con una técnica que, como variante de la ortodoxa, incluye el uso de LSD en sesiones más extensas; 2) Como forma de efectuar una psicoterapia breve a personas que por razones de tiempo, de distancia o económicas no pueden hacer una psicoterapia de larga duración o muy frecuente; 3) Como verdadero movilizador en psicoterapia de grupo; 4) En la psicoterapia de niños y adolescentes, en grupos o en sesiones individuales.

Pasaremos a ocuparnos en especial de la técnica y resultados obtenidos en la psicoterapia profunda efectuada con LSD. Resumo aquí la experiencia de autores extranjeros y argentinos.

La LSD, CY39 y la mescalina son, en este orden, coadyuvantes externos en psicoterapia profunda. Las sesiones combinadas deben realizarse en un ambiente adecuado, clínica o sanatorio, ya que durante el tratamiento suelen reactivarse y exagerarse las defensas y actuaciones caracterológicas, y el terapeuta debe estar prevenido frente a esa posibilidad. Estas circunstancias deben plantearse previamente al paciente, señalándole además la necesidad de abstenerse de tomar decisiones que puedan ser fundamentales para su vida hasta que el acmé del tratamiento haya pasado. Es evidente que la experiencia varía cada vez y en cada sujeto, pero lo más significativo e invariable es la regresión, que puede llegar a niveles arcaicos y en ciertas ocasiones conectarse con imágenes heredadas sin relación con lo que podríamos llamar inconsciencia personal.

En un primer momento, el instintivo movimiento de la regresión -que es centrípeto- es vivenciado como una desintegración y muerte. Seguramente como tentativa de evitar esa desintegración, surgen las defensas del enfermo: actuación, proyección, disociación mente-cuerpo, hipocondría, fantasías de regresión. Los síntomas provocados por las drogas parecen ser, desde el punto de vista psicológico, una expresión de defensa ante la vivencia de pérdida de límites o desintegración del yo. Todas las situaciones experimentales actúan sobre el sujeto, hallándose los síntomas en relación directa con la situación actual en el campo de trabajo. Luego se los verá conectados con la historia personal del paciente. La experiencia es vivida como una verdadera situación traumática, frente a la cual el enfermo se defiende con los actuales mecanismos de defensa; es decir, los síntomas aparecidos después de la ingestión de la droga son expresados en una verdadera psicosis modelo o exógena. Somáticamente se observa: trastornos neurovegetativos, sialorrea, náuseas, sensación de mareo, etc. Síntomas que tienen un contenido psicológico y que son modificables por la interpretación y sugieren hallarse relacionados con una reacción de alarma por miedo.

Según la droga empleada, y en especial con mescalina, se observa mayor cantidad de alucinaciones; con LSD despersonalización; y con CY39 somatizaciones. Sucede como si estas drogas actuaran en diferentes áreas. En la primera, produciendo una mayor proyección; en la segunda pérdida de límites del yo, y en la tercera, proyección e introyección en el cuerpo: somatización. Los fenómenos cenestésicos pueden ser muy acentuados y reavivados por estímulos externos (la música, que siempre hemos utilizado). En este momento debe señalarse que lo fundamental no es la descripción semiológica y fenomenológica, sino el poder comprender cada síntoma psíquico-somático como forma de expresión de ese movimiento instintivo al que nos hemos referido anteriormente. Al mismo tiempo, esto sirve para situaciones de la historia personal del individuo, nunca desligadas de la relación bipersonal médico-paciente. Pueden expresarse situaciones traumáticas o episodios de especial valor afectivo. Estos suelen expresarse dramáticamente sin que dicha dramatización vaya acompañada de representaciones mentales, correspondiéndose con un actuar en vez de un recordar: se reafirma así la teoría de que existe una verdadera memoria corporal. Paulatinamente, a través de la interpretación de las situaciones traumáticas y la disminución de la ansiedad, se dan fantasías e imágenes probablemente conectadas con lo somático y heredado, lo arcaico, el inconsciente colectivo según la expresión de Jung.

Podemos decir que, durante la experiencia, todo el proceso de psicoterapia constituye un replanteo de la conexión con la realidad, después de una regresión muy profunda, y un movimiento continuo de proyección e introyección entre el analizado y el analista. Es un verdadero proceso de renacer y revivir, en el que se trata de reestructurar las primitivas relaciones con los objetos, perturbadas en el enfermo. En forma cíclica, el paciente se conecta y desconecta del psicoterapeuta, volviendo para relatar sus regresiones más profundas. Esto es típico del LSD; no resultando tan claro en la mescalina y CY39, que pueden desconectar verbalmente al paciente en un grado mucho mayor. Cíclicamente, el paciente realiza una externalización progresiva de diferentes objetos -persecutorios e idealizados- que recuerda. Su reconocimiento como parte del yo lo hace pasar de las ansiedades paranoides a las depresivas. Durante el curso de la experiencia, el paciente expresa y realiza todas sus fantasías por medio de sensaciones visuales, motoras y finalmente verbales.

Técnica. Esta difiere fundamentalmente según el tipo de psicoterapia utilizada. Sin embargo, todos los autores coinciden en la necesidad de un periodo previo de psicoterapia sin utilización de la droga. Otra necesidad considerada es la de permanecer con el paciente prácticamente toda la sesión, interpretando el material que va apareciendo. Este material es comentado en sesiones posteriores. Por nuestra parte, combinamos el uso de medios como la música y la comida, técnicas de máximo valor para investigar fenómenos no expresados verbalmente  pero pesquisables en el cuerpo. Las sesiones duran de tres a seis horas como máximo, interrumpiéndose mediante la ingestión de 50 mg de Ampliactil y de 30 a 40 mg de Amytal. Como ya se ha expuesto, el paciente debe permanecer internado durante 24 horas si se encuentra en buenas condiciones. En estos tratamientos somos secundados por un equipo de enfermeras, preferentemente con conocimientos de la técnica utilizada por el terapeuta.

Por lo general, nos resultó útil una dosis media de 100 microgramos. Casi nunca utilizamos una dosis más alta, pues la mayor o menor sintomatología parece relacionarse directamente con el grado de conexión que el paciente posea con el terapeuta y consigo mismo. Una dosis que no cumpliera esta relación resultaría una tentativa de reforzar la resistencia habitual con posibilidad de complicaciones con el plano somático (reagravación de procesos hipocondríacos) y en el plano psicológico (actuaciones psicopáticas posteriores). Este criterio es compartido por todos los autores. La frecuencia de las sesiones combinadas con LSD se vincula con las necesidades de cada paciente y la capacidad de emergencia del material.

En 1957, Sandison publicó los resultados obtenidos luego de dos años de trabajo con 93 pacientes: 21 fueron curados, 20 muy mejorados y 30 no modificados. La técnica de Sandison difiere bastante de la antes expuesta: el paciente realiza la sesión con LSD acompañado de una enfermera; posteriormente, el terapeuta realiza con él la interpretación del material obtenido, sobre todo el vinculado con el inconsciente colectivo y las fantasías más arcaicas. La estadística de este autor indica el mayor índice de éxitos: 60% de mejorías o altas en neurosis de ansiedad graves y neurosis obsesivas. Los resultados no son tan brillantes con las histerias: sobre 12 casos, obtuvo una curación y dos apreciables mejorías; en depresiones, 50% de curaciones y mejorías; entre personalidades psicopáticas, mejorías de tres pacientes sobre seis. Sandison señala los inconvenientes del uso de LSD en las neurosis de ansiedad, y aconseja la necesidad de utilizar clorpromazina o barbitúricos antes o después de la experiencia; en caso contrario, los pacientes pueden no querer repetir la LSD, existiendo incluso la posibilidad de una tentativa de suicidio si no hay control suficiente. Coincidimos con Sandison en que, intensificando la psicoterapia y no dejando solo al paciente, se hace innecesario el uso de tranquilizantes. Estos inconvenientes también se pueden salvar según nuestras experiencias recientes con CY39, incluso sin dichas precauciones. Sandison describe, además, tratamientos de psicóticos mejorados en su comunicación con el mundo externo, e insiste -como nosotros hemos comprobado- en que la LSD puede empeorar o hacer visible un proceso psicótico latente. Este sería el caso en que las drogas psicotrópicas podrían utilizarse como “test” de diagnóstico y pronóstico: permitirían la manifestación de un proceso psicótico subyacente a una sintomatología neurótica. Por su parte, Friederking presenta 200 casos tratados con mescalina y LSD, insistiendo en la necesidad de la experiencia personal del terapeuta. No hay mayores detalles en cuanto a la frecuencia y duración de los tratamientos. También Abramson, Johnson, Savage, aunque sin estadística, señalan la importancia del LSD. Martín relata que sobre 50 pacientes psiquiátricos fueron modificadas 19 neurosis obsesivas y 6 psicopatías.

La bibliografía argentina está constituida por aportaciones de Tallaferro (63 pacientes) y mías (344 pacientes), junto con Álvarez de Toledo (1357) y Pérez Morales (80). Nuestros resultados fueron obtenidos a través de experiencias con mescalina (aplicada pocas veces) LSD (el más habitual) en dosis de 50, 75, 100 ó 150 microgramos según el paciente, y con CY39 (en dosis de 9 mg por término medio), inyectable o por vía bucal, de características diferentes al LSD, parece producir menos ansiedad y angustia y favorecer la somatización. Los mayores éxitos corresponden a neurosis obsesivas, caracteropatías, personalidades esquizoides y neurosis de angustia, mientras que los resultados más desalentadores se refieren a las histerias crónicas, a algunas neurosis de angustia y a las depresiones endógenas, si bien en dos casos pudimos reducir los periodos depresivos y lograr una franca mejora. Insistimos en que esto sucedió con pacientes sometidos a terapéutica regular en un periodo no menor a 6 meses. La psicoterapia breve padece extraordinarias dificultades: no solo por la gran cantidad de pacientes -la mayoría con problemas económicos-, sino también por los que habitan en zonas distantes de un psicoterapeuta adiestrado. Técnicamente, además, se exige de éste una formación muy amplia; de lo contrario es posible caer en una psicoterapia de apoyo que a la larga no resultaría útil. Con los controles necesarios sobre el tipo  de pacientes, con diagnóstico y pronóstico previos y adecuada preparación de un buen equipo colaborador (según la experiencia de Sandison) en un ambiente clínico con internación, se pueden obtener buenos resultados.

Friederking trata algunos casos en consultorios externos. Mi experiencia con un equipo de médicos en consultorios externos o de media internación es una prueba en favor de esta posibilidad abierta a la psicoterapia breve de neuróticos y psiconeuróticos; estos pueden beneficiarse con una psicoterapia intensiva, no en frecuencia, pero sí en profundidad. En mi caso, trabajo con un equipo de colaboradores médicos adiestrados por un previo análisis individual combinado, de dos a tres años, y cuyo trabajo se estudia semanalmente mediante un grupo de control. El ayudante permanece con el paciente durante la sesión con droga, y luego el material obtenido es llevado y analizado en el grupo. Cada vez que el paciente concurre a hacer el tratamiento (semanal, quincenal o mensualmente) es visto por mi; permanece internado durante las doce horas posteriores. Las experiencias actuales abarcan más de 100 pacientes del interior y confirmarían en un todo los comentados trabajos de Sandison.

Por otra parte, aplicado el LSD en psicoterapia de grupo permite manifestar más intensamente los mecanismos de defensa frente a la conexión, haciendo más comprensibles sus motivaciones. Mientras que en la sesión individual combinada las defensas se expresan temporalmente, en el grupo se dramatizan especialmente; en aquellas, el paciente asume las defensas correspondientes a su nivel de regresión, en éste se dan simultáneamente diversas defensas adoptadas por cada uno de sus miembros (roles). La interpretación produce el intercambio de los roles; su sucesión en cada paciente, los va llevando hacia la integración. El paciente abandona el rol cuando puede administrarse a sí mismo, a los demás miembros del grupo y al terapeuta sin temor a una fragmentación de su yo. En el grupo surgen con gran intensidad fenómenos del inconsciente colectivo; debidamente interpretados, facilitan el pasaje de la magia a la conexión y el enfermo acepta su tiempo y sus limitaciones, apareciendo inmediatamente vivencias relacionadas con el transcurso del tiempo y el miedo a la muerte, así como preocupaciones por crear y reparar. Los grupos están formados por 7 o 10 miembros; se reúnen semanalmente de una hora a una hora y media. Una vez por mes, o cuando las necesidades del grupo lo requieren, se realizan sesiones combinadas con LSD, a las que concurre un observador terapeuta que también interpreta, posibilitando el control de las acciones psicopáticas generalizadas. Se emplea una técnica igual a las ya descritas. Las indicaciones son las mismas de la psicoterapia profunda; primordialmente, la psicoterapia de grupo está indicada en psicopatías, hipocondrías y adolescencia. Constituirían una excepción las personalidades extremadamente narcisistas, que a un corto plazo resultan destructoras.

Otra ventaja de esta terapia consiste en ser una forma y medida del grado de conexión alcanzado por un sujeto en su análisis individual. El último aspecto se refiere a la psicoterapia de niños (individual o de grupo), en la cual tengo experiencia directa y de control de 10 casos de caracteropatías. En todos ellos observamos un evidente progreso en el aspecto psíquico y somático. En su comunicación, el doctor Rojas se referirá específicamente a esta técnica. Considerando que nuestra experiencia con psicóticos no es suficiente hasta el momento, no la incluyo en el presente trabajo.”

Publicado el 23 noviembre, 2011 en Ciencia, Enfermedades mentales, Enteógenos, Estados Expandidos de Conciencia, Psicodélicos, Psicología, Salud humana. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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