El Albertine Rift de África.

   En este señalado día, 31 de octubre de 2011, en el que se ha alcanzado la cifra de 7.000 millones de personas en el mundo, me parece oportuno compartir un artículo de la National Geographic sobre el Rift.

Y es que este rincón del continente africano es uno de los más densamente poblados del planeta, de modo que nos aporta algunas pistas sobre en lo que pueden convertirse muchos lugares de la India o el continente asiático en general, dentro de unas décadas.  El Rift se caracteriza por la lucha desesperada por la tierra y los recursos (y entre población humana y fauna autóctona). ¿Cómo detener el conflicto? ¿Quedará espacio para la naturaleza?

El poder de las armas prevalece en Kivu del Norte, una provincia de la República Democrática del Congo desgarrada por los conflictos. Los mai-mai kifuafua, una de las muchas milicias rebeldes locales, hacen una demostración de poder en carreteras donde sacan dinero a los aldeanos y viajeros. Desde hace casi 20 años las constantes luchas por la tierra, la riqueza mineral y el poder siembran el terror entre la gente.

Goma, una metrópoli de tejados de metal, está emplazada en una encrucijada de conflictos: el este del Congo. A su población se ha sumado una marea humana de desplazados, soldados, especuladores y cooperantes. Construida sobre el suelo volcánico, la ciudad se extiende entre el lago Kivu, cuyo lecho contiene gases peligrosos, y el volcán Nyiragongo, aún activo.

El mwami se acuerda de cuando era una especie de rey. Su dictamen era soberano; su poder, incuestionable. Desde 1954 ha sido, como también lo fueron su padre y su abuelo antes que él, el jefe del territorio de los bashali en el distrito de Masisi, una región de pastores del este de la Rep. Dem. del Congo. Su nombre es Sylvestre Bashali Mokoto, pero los otros jefes lo llaman simplemente doyen, “señor superior”.

Durante la mayor parte de su vida adulta, dio la bienvenida a los recién llegados a su distrito, que le ofrecían ganado y otros regalos. Él, a cambio, les asignaba un trozo de tierra, que parcelaba según le parecía conveniente.

Hoy el jefe se sienta en un sofá destartalado en una casucha miserable de Goma. Sus antiguos dominios son ahora el epicentro de una crisis humanitaria que empezó hace más de diez años. El este del Congo ha sido ocupado por miles de tutsi, hutu y hunde que combaten por lo que consideran legítimamente suyo, por milicias que intentan apropiarse de la tierra por la fuerza, por ganaderos en busca de prados y por hordas de refugiados de toda esta región fértil y peligrosamente superpoblada de África oriental que buscan un lugar donde vivir. Hace unos años un miembro de uno de los ejércitos rebeldes se apoderó de la finca de 80 hectáreas del mwami. Humillado y asustado, éste se vio obligado a retirarse a la sórdida choza de Goma.

La ciudad es un avispero. Veinte años atrás la población de Goma rondaba los 50.000 habitantes. Ahora son por lo menos veinte veces más. Hombres armados y vestidos de uniforme recorren las calles, sin nadie a quien rendir cuentas. De los bloques cercanos fluye hacia el mercado de la ciudad una procesión constante de gente que transporta montañas de carbón en bicicletas o en chukudus, una especie de motos de madera. Al norte se cierne el volcán Nyiragongo, cuya última erupción, en 2002, envió a la ciudad una colada de lava que arrasó el distrito comercial. Al sur se extiende el lago Kivu, una caldera plateada tan saturada de dióxido de carbono y metano que algunos científicos advierten que una erupción de gas en el lago podría matar algún día a toda la población de Goma y alrededores.

El mwami, como tanta gente menos favorecida que él, se ha quedado sin opciones. Su mirada es regia y distante, pero a pesar de los gemelos de su camisa y de su cuidada barba gris, en Goma no es un jefe. Es solo Sylvestre Mokoto, un hombre empujado al centro del avispero, sin tierra que parcelar y repartir. Cuando lo visita este periodista occidental, el único regalo que le ofrezco son mis preguntas desagradables. “Sí, claro que mi poder se ha visto afectado -suelta en tono seco-. Cuando la gente respalda sus pretensiones con las armas, yo no puedo hacer nada”.

El reinado de los mwamis ya es historia en este rincón del África occidental. Durante las últimas décadas la región se ha convertido en escenario de una violencia de proporciones indescriptibles: el asesinato y secuestro de decenas de miles de personas en el norte de Uganda, la matanza de más de un millón en los genocidios de Ruanda y Burundi, y dos guerras en el este del Congo, la última de las cuales, conocida como la Gran Guerra Africana por la cantidad de países vecinos implicados, ha costado la vida a más de cinco millones de personas, sobre todo por el hambre y las enfermedades, lo que la convierte en la más mortífera desde la II Guerra Mundial.

Algunos conflictos armados que han empezado dentro de un país han cruzado las fronteras y han derivado en guerras subsidiarias, en las que los diferentes gobiernos de la región apoyan a grupos rebeldes que luchan por el poder y los recursos en una de las zonas más ricas de África.

Los extremos de violencia que se han alcanzado en este lugar son incomprensibles para un extranjero. Pero sin duda la geografía ha desempeñado su papel. Si borramos las fronteras de Uganda, la RDC, Ruanda, Burundi y Tanzania, veremos que las une a esas entidades políticas dispares: un paisaje modelado por la violenta fuerza de las placas litosféricas en movimiento. El Sistema del Rift de África Oriental secciona en dos el cuerno de África (la placa Nubia, al oeste, que se está separando de la placa somalí, al este) antes de bifurcarse a ambos lados de Uganda.

El Rift Occidental abarca los montes Virunga y Rwenzori y varios de los Grandes Lagos de África, donde el profundo rift se ha llenado de agua. Llamado Albertine Rift, se trata de una hendidura geológica de 1480 kilómetros de largo, con bosques montanos, montañas nevadas, sabanas, lagos y humedales. Es una de las regiones más fértiles y con mayor biodiversidad del continente africano, el hogar de gorilas, okapis, leones, hipopótamos, elefantes y decenas de especies raras de aves y peces, poseedora de una enorme riqueza mineral, desde oro y estaño hasta coltán, componente clave de los microchips. En el siglo XIX, exploradores europeos como David Livingstone y John Hanning recorrieron la región en busca de las fuentes del Nilo y quedaron impresionados por la exuberante vegetación y la extensión de los lagos.

La paradoja del Albertine Rift es que su riqueza es el origen de su actual penuria. La población se ha concentrado en esta área atraída por el fértil suelo volcánico, las lluvias abundantes, la biodiversidad y la altitud, poco propicia para los mosquitos, las moscas tsetsé y las enfermedades que transmiten. Con el crecimiento de la población, aumentó la tala de bosques para destinar el suelo a la agricultura y la ganadería. Incluso en el siglo XIX, el paraíso que contemplaron los extranjeros ya estaba atormentado por una preocupación básica: ¿Habría suficiente para todos?

Hoy esa pregunta flota sobre cada centímetro cuadrado del Albertine Rift, donde la tasa de fecundidad es una de las más altas del mundo y donde ha estallado la violencia entre la población y contra los animales, en una horrenda sucesión de expolios, oleadas de refugiados, violaciones en masa y saqueos de los parques nacionales, los últimos lugares de la Tierra donde la fauna intenta sobrevivir sin interferencias del género humano. Para los habitantes de la región la densidad demográfica ha originado una angustia omnipresente que hace que en todas partes resuene la misma demanda: “¡Queremos tierra!”

El presunto envenenador de leones está sentado a orillas del lago Jorge, jugando con otro pastor a un juego de tablero llamado omweso. Levanta la vista y se presenta como Eirfazi Wanama; no puede decirme su edad ni cuántos hijos tiene. “Los africanos no contamos nuestra descendencia, porque ustedes los muzungu (blancos) no quieren que tengamos muchos hijos. No se ande con rodeos. Hace un tiempo mataron a unos leones y los guardas del parque me detuvieron”.

A finales de mayo de 2010, dos guardas del Parque Nacional de la Reina Isabel, en Uganda, vieron buitres volando en círculos a un kilómetro y medio de Hamukungu, la aldea de Wanama, y encontraron los cuerpos de cinco leones envenenados. A poca distancia hallaron los cadáveres de dos vacas atiborradas de pesticida. Las primeras investigaciones apuntaron a Wanama; otro sospechoso huyó de la zona. “Me tuvieron detenido un día, pero me han desvinculado en la investigación. Yo no huyo”.

Hamukungu está dentro de los límites del parque, cuya principal atracción turística son los leones, que han disminuido en un 40% en menos de una década. “La población en la aldea ha aumentado -dice Wilson Kagoro, encargado de la conservación del parque-, y hay más ganado, lo que ha causado un gran conflicto entre ellos y nosotros. Por la noche se cuelan en el parque para que pazcan las vacas, y los leones se las comen”. Pero como es ilegal llevar el ganado al parque, los ganaderos perjudicados no disponen de ningún recurso legal para protestar. “Sobrevivimos porque Dios es misericordioso -responde Wanama cuando le pregunto cómo es posible que tanta gente viva con tan poca tierra-. El parque nos ha vuelto pobres. ¡La gente necesita tierra!” Es frecuente oír esa queja en las superpobladas aldeas que rodean los parques y reservas de la región.

El Parque Nacional Virunga, en el este del Congo (el más antiguo de África, fundado en 1925), es uno de los más amenazados, con mucha población humana ya asentada dentro de sus límites. Sus terrenos, donde antes abundaba la megafauna más emblemática, están espectralmente desiertos. Los albergues para turistas están destrozados. Desde el genocidio de Ruanda en 1994, casi todo el parque está cerrado al turismo.

El parque está en zona de guerra. Rodrigue Mugaruka es el jefe de los guardas de Rwindi, el sector central del Virunga. Fue uno de los niños soldado que en 1997 participaron en el derrocamiento de Mobutu Sese Seko, el dictador de la RDC (entonces Zaire). En el este del Congo, el vacío creado por la expulsión de Mobutu condujo a una competencia feroz entre diversos ejércitos y milicias por las reservas del oro, carbón, estaño y coltán. Ahora Mugaruka se enfrenta a las milicias de los combatientes mai-mai, que controlan la pesca ilegal y la producción de carbón vegetal en muchas de las aldeas que han crecido dentro del parque, en la costa occidental del lago Eduardo. Recientemente recuperó el control de su sector de manos de miles de soldados congoleños destacados en el parque para luchar contra los mai-mai. Como el gobierno casi nunca les pagaba, los soldados acabaron cazando animales para comer.

¿Cómo ha llegado esta tierra de abundancia a una situación de caos tan peligrosa? Si profundizamos en la historia, veremos una serie de ideas erróneas sobre las identidades étnicas que ha conformado el Albertine Rift. Los indicios arqueológicos y lingüísticos señalan que ya en el año 500 d.C. habían llegado a la región varios pueblos u habían forjado una sociedad heterogénea que hablaba lenguas bantúes similares y se dedicaba a la agricultura y la ganadería. En el siglo XV surgieron reinos centralizados, como el de Bunyoro y el de Ruanda, así como grupos privilegiados de pastores, una élite que se distinguía de los agricultores por su vestimenta y su dieta de leche, carne y sangre. Con el tiempo, estos pastores se diferenciaron aún más del resto de la población, y su influencia fue en aumento.

A finales del siglo XIX, el explorador británico John Hanningse sorprendió al encontrar unos reinos caracterizados por una organización muy compleja, con cortes reales y diplomáticos. Dio por sentado que la élite de pastores (los hima o los tutsi) era una raza “superior” de origen nilótico (procedente de lo que hoy es Etiopía) que habría invadido la región de los Grandes Lagos y subyugado a los agricultores bantúes, como los iru y los hutu, a quienes consideraba “inferiores”. “Los reinos de los Grandes Lagos desafiaban las peyorativas ideas raciales sobre la capacidad intelectual y organizativa de los africanos”, dice el arqueólogo Andrew Reid. La idea de una invasión nilótica era un modo de justificar la existencia de reinos avanzados en el corazón de África. El problema es que no era verdad.

Sin embargo, los tutsi y otros grupos privilegiados asumieron la historia de sus orígenes exóticos para diferenciarse aún más de la mayoría hutu. Y cuando a finales del siglo XIX las potencias europeas se repartieron el África oriental, los alemanes y los belgas aprovecharon lo que les pareció una jerarquía social natural y dieron preferencia de trato a la minoría tutsi.

Pese a las pretendidas diferencias físicas entre los dos grupos (se suponía que los tutsi eran más altos, de piel más clara y de labios más finos que los hutu), era tan difícil diferenciarlos que en 1933 los belgas recurrieron a la emisión de tarjetas de identidad étnica. El 15% de la población que poseía ganado o presentaba determinados rasgos físicos fue definido como tutsi, y el resto se consideró hutu. En algunos casos, miembros de una misma familia fueron asignados a grupos diferentes. Aquellas tarjetas de identidad, destinadas a oficializar un sistema de castas que separaba un pueblo en dos, serían utilizadas durante el genocidio de Ruanda para decidir entre la vida o la muerte de sus titulares. Cuando los colonizadores dieron la independencia a esos países a principios de los años sesenta, las hostilidades étnicas entre los tutsi y los hutu ya habían producido matanzas y sucesivas oleadas de represalias. Actualmente, las tensiones entre ambos grupos siguen causando conflictos en el Congo.

Pero sin duda el genocidio de Ruanda fue consecuencia de algo más que el odio étnico entre los hutu y los tutsi. Los últimos años del siglo XX trajeron consigo la evidencia de que realmente en el Albertine Rift no había suficiente para todos, y con ella, la catástrofe.  Con un alarmante aumento de la población coincidió un descenso en picado de los precios del café y el té en los años ochenta, lo que causó una penuria generalizada. La pobreza condujo a una mayor presión sobre la tierra. Aunque es cierto que una nación como los Países Bajos tenía una densidad demográfica tan alta como la de Ruanda entonces, también lo es que practicaba una agricultura mecanizada de alto rendimiento. La dependencia de Ruanda a la agricultura tradicional de subsistencia significaba que el único modo de producir más alimentos era dedicar más tierra a la agricultura.

A mediados de los años ochenta, cada hectárea de tierra arable fuera de los parques nacionales era explotada. Los hijos heredaban parcelas cada vez más pequeñas, o ninguna. El suelo estaba agotado. La tensión crecía. En un estudio sobre disputas por la tierra en una región de Ruanda antes del genocidio, los economistas belgas Catherine André y Jean-Philippe Platteau observaron que cada vez más familias trataban de subsistir con muy poca tierra. En entrevistas a ruandeses efectuadas tras el genocidio, era frecuente oír el argumento de que “la guerra es necesaria para eliminar el exceso de población y situar el número de habitantes en un nivel más acorde con los recursos disponibles”. T. Malthus, el economista inglés que pronosticó que el crecimiento demográfico superaría la capacidad del planeta para mantenerlo a menos que el hambre, la guerra o las enfermedades le pusieran freno, no habría podido decirlo más claro.

Violadas en el campo o en sus casas, embarazadas y en muchos casos expulsadas por sus familias, mujeres destrozadas llevan a sus bebés a un puesto de ayuda en Shasha, en Kivu del Norte, provincia aterrorizada por lo que los activistas consideran una epidemia de violaciones como arma de guerra en el Congo. Los soldados y rebeldes han violado más de 800 mujeres tan solo en esta localidad.

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Publicado el 31 octubre, 2011 en Antropología, Conciencia, Curiosidades. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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