Algo de Inteligencia Emocional.

   Aunque la investigación sobre las emociones está tomando un importante papel tanto para las neurociencias como para la psicología o la antropología, en muchas ocasiones no somos realmente conscientes de cómo éstas influyen en nuestra actividad diaria y cómo nos llegan a “dominar” o dirigir hacia ciertos comportamientos.

De hecho, la palabra emoción proviene del verbo latino movere (que significa moverse) más el prefijo e-, significando algo así como “moverse hacia”, y sugiriendo así que en toda emoción hay implícita una tendencia hacia la acción. Basta con observar a los niños o a los animales para darnos cuenta de ello, es solo en el mundo civilizado de los “adultos” en donde nos encontramos con esa extraña anomalía del reino animal en la que las emociones muchas veces parecen hallarse divorciadas de las reacciones.

Veamos unos ejemplos de la interacción entre nuestras emociones y distintas funciones fisiológicas o comportamientos:

  • El enojo aumenta el flujo sanguíneo a las manos, haciendo más fácil empuñar un arma o golpear a un enemigo; también aumenta el ritmo cardíaco y la tasa de hormonas que, como la adrenalina, generan la cantidad de energía necesaria para acometer acciones vigorosas.
  • En el caso del miedo, la sangre se retira del rostro (lo que explica la palidez y la sensación de “quedarse frío”) y fluye a la musculatura esquelética larga -como las piernas, por ejemplo- favoreciendo así la huida. Al mismo tiempo, el cuerpo parece paralizarse aunque solo sea un instante, para calibrar, tal vez, si el hecho de ocultarse pudiera ser una respuesta más adecuada. Las conexiones nerviosas de los centros emocionales del cerebro desencadenan también una respuesta hormonal que pone al cuerpo en estado de alerta general, sumiéndolo en la inquietud y predisponiéndolo para la acción, mientras la atención se fija en la amenaza inmediata con el fin de evaluar la respuesta más apropiada.
  • El arqueo de las cejas que aparece en los momentos de sorpresa aumenta el campo visual y permite que penetre más luz en la retina, lo cual nos proporciona más información sobre el acontecimiento inesperado, facilitando así el descubrimiento de lo que realmente ocurre y permitiendo elaborar, en consecuencia, el plan de acción más adecuado.
  • El gesto que expresa desagrado parece ser universal y transmite el mensaje de que algo resulta literal o metafóricamente repulsivo para el gusto o para el olfato. La expresión facial de disgusto sugiere un intento primordial de cerrar las fosas nasales para evitar un olor o para expulsar un alimento tóxico.
  • La principal función de la tristeza consiste en ayudarnos a asimilar una pérdida irreparable. Provoca una disminución de la energía y el entusiasmo por las actividades vitales y, cuanto más se profundiza y se acerca a la depresión, más se enlentece el metabolismo corporal. Este encierro introspectivo nos brinda así la oportunidad de llorar una pérdida o una esperanza frustrada, sopesar sus consecuencias y planificar, cuando la energía retorna, un nuevo comienzo. Esta disminución de la energía debe haber mantenido tristes y apesadumbrados a los primitivos seres humanos en las proximidades de su hábitat, donde más seguros se encontraban.
  • Uno de los principales cambios biológicos producidos por la felicidad consiste en el aumento de la actividad de un centro cerebral que se encarga de inhibir los sentimientos negativos y de aquietar los estados que generan preocupación, al mismo tiempo que aumenta el caudal de energía disponible. En este caso no hay un cambio fisiológico especial salvo, quizás, una sensación de tranquilidad que hace que el cuerpo se recupere más rápidamente de la excitación biológica provocada por las emociones perturbadoras. Esta condición proporciona al cuerpo un reposo, un entusiasmo y una disponibilidad para afrontar cualquier tarea que se esté llevando a cabo y fomentar también, de este modo, la consecución de una amplia variedad de objetivos.
  • El amor, los sentimientos de ternura y la satisfacción sexual activan el sistema nervioso parasimpático. La pauta de reacción parasimpática engloba un amplio conjunto de reacciones que implican a todo el cuerpo y que dan lugar a un estado de calma y satisfacción que favorece la convivencia.

Estas predisposiciones biológicas a la acción son modeladas posteriormente por nuestras experiencias vitales y por el medio cultural en que nos ha tocado vivir. La pérdida de un ser querido provoca universalmente tristeza, pero la forma en que expresamos esa aflicción es moldeada por nuestra cultura, como también lo es, por ejemplo, el tipo concreto de personas que entran en la categoría de “seres queridos” y que por tanto, deben ser llorados.




Fuente: Inteligencia Emocional – Daniel Goleman.

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Publicado el 9 julio, 2011 en Ciencia, Psicología. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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