>La historia de los Enteógenos.

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   Enteógeno. (éntheos: “poseído por un Dios”, literalmente “Dios dentro de”; y génos: “origen, nacimiento”)

   El ser humano, desde tiempos inmemorables, ha investigado su entorno en una búsqueda, imperativa e innata, por compuestos capaces de alterarle la conciencia y modificar la percepción de sus mundos, tanto espirituales como físicos. 
   Las drogas que los hombres buscan, naturales o sintéticas, forman las bases de estos agentes que alteran la función del cerebro, controlando sus percepciones. Estas sustancias, que aún son controvertidas, no son ni nuevas ni pertenecen a nuestra historia reciente. 
   Pioneros antiquísimos, herboristas medievales, los griegos de la antigüedad, los chamanes neolíticos, animales salvajes e insectos por doquier, en el transcurso del tiempo han tenido encuentros con agentes del género de los soporíferos y estupefacientes. 
   Estos elementos químicos, que fueron diseñados por la naturaleza para repeler los enemigos de las plantas, están dotados de propiedades soporíferas, o que alteran las funciones de la mente, pudiendo causar la muerte de quienes entran en contacto con ellas. 

   Muchos animales procuran, insistentemente, las plantas que los hacen sentirse “intoxicados”, con perseverancia peligrosa. Las abejas atolondradas, muy pronto caen víctimas fáciles de sus predadores naturales. Los esqueletos de aves “borrachas” cubren la superficie de nuestros caminos. Los gatos pagan con daños al cerebro el uso prolongado de sus plantas de “placer”. Las vacas, envenenadas por las hierbas que las estimulan, eventualmente perecen. Los elefantes embriagados hacen daño extensivo al entorno donde viven, ocasionando la muerte de muchos animales que, con ellos, tienen la desdicha de encontrarse, últimamente teniendo que ser destruidos ellos mismos. Monos desorientados ignoran sus crías y se extravían de la seguridad provista por la colonia, encontrando su muerte. 


   Los seres humanos no somos diferentes, ya que las experiencias con plantas estupefacientes y las drogas que han fascinado nuestro género, por tiempos remotos, pueden terminar causándonos perjuicios incalculables. 
   Retornemos a nuestro pasado más lejano: a los periodos mesozoico y neolítico. 

   Mesozoico.

   Este período comenzó con la desaparición de los pantanos de carbón y de los campos de hielo que envolvían la Tierra. Tiempos cuando los continentes aún yacían cerca entre ellos y los volcanes construían montañas, mientras que los reptiles escasamente empezaban su pausado avance evolucionista bajo las sombras de los helechos y las coníferas. Pasos que igualmente tomarán las plantas angiospermas, que engendrarán semillas florecientes durante el período cretáceo (hace unos 135 millones de años). Impelidas, en su viaje, por los vientos y las lluvias, las semillas de estas plantas se esparcieron por todas las regiones accesibles del globo. 
   Bajo un palio de luz solar y temperaturas crecientes, estas plantas empezaron a producir materias alcaloides complejas para defenderse de posibles predadores. Ingeniosas en su estructura y diseño, estas sustancias poseían la cualidad de proporcionar a los animales hambrientos que las probaran mareos, malestar y aún la muerte. 
   Como para vaticinar su presencia, las angiospermas atraerían la curiosidad de animales incautos con una explosión policroma de frutas y flores apeteciblemente tentadoras. Y ya que la Tierra rebosaba con la presencia de vida animal, encuentros cercanos entre bestias curiosas y matas venenosas serían inevitables. Entonces, algunos animales que eran incapaces de detectar el alcaloide sucumbieron al estrés, producto de los efectos tóxicos de las plantas ingeridas. 
   Con habilidades sensoriales superiores y con hígados más eficientes, las aves y los mamíferos resistieron esas lecciones. La fisiología y el comportamiento de sus descendientes modernos sugieren que ellos subsistieron porque fueron capaces de desarrollar mecanismos bioquímicos que les permitieron desintoxicar los venenos provenientes de los alimentos y, a la vez, generar estrategias alimenticias que minimizaban la ingesta de cantidades peligrosas.

   De esta manera, y por medio del manejo de nuevas comidas con extremada cautela, los animales que lograron sobrevivir a los peligros inherentes en lo desconocido, aprenderían a seleccionar y comer plantas ricas en nutrientes y bajas en drogas tóxicas. 
   Más adelante y por medio de tanteos cuidadosos, un número de animales aprenderían a adaptarse al uso de matas tóxicas por virtud de su ingestión en cantidades modestas, mientras que favorecieran el consumo de arbustos que les fueran familiares. 
   Vagando dentro de su primera escuela, el hombre primitivo aprendió a imitar la estrategia de sus maestros, otros animales, a quienes no solo lograría aventajar, si no que asimismo aprendería a cazar y a comer. El hombre aprendió a lamer y limpiar sus heridas gracias a la observación de otros animales haciéndolo. Se sentaban en los fríos ríos para reducir sus fiebres, como hacían los ciervos luego del ataque de serpientes venenosas. El hombre aprendió a escalar montañas mascando coca, y en las cimas de las montañas comenzó a ofrecer el humo del incienso y de plantas estupefacientes, como las hayas venenosas, para apaciguar los espíritus.
   Para el tiempo en que llegara la revolución mesolítica, el cerebro humano ya se habría erigido alumno aventajado ante el resto de los animales en la escuela de la vida. Domesticando sus previos maestros, cultivando sus plantas soporíferas y haciendo del mundo su laboratorio de investigación bioquímica. 

   Mesolítico. 

   Durante estos tiempos, las exploraciones del ser humano se tornarían sistemáticas, reconociendo en detalle las propiedades tanto medicinales como recreacionales y venenosas de todas las plantas. Un buen ejemplo se encuentra en las inmensidades de la Selva Amazónica, donde aún hoy en día los poblados conocen una cantidad ingente de enteógenos o plantas medicinales o comestibles, muchas de ellas desconocidas por la ciencia. 
   Por los próximos 10.000 años, el hombre aprendería a fumar, a inhalar aromas estimulantes y a inyectar drogas. Esos logros circunvalaron la lengua, el paladar, (evitando lo amargo) y el estómago, que hubiese regurgitado algunas de esas materias detectadas como tóxicas. 
   Los seres humanos muy pronto desertaron las estrategias alimenticias que la naturaleza les había trazado, como también hubiese hecho para las demás especies. Así que, dotado de una curiosidad enorme, pero con un organismo muy frágil, y estimulado por un apetito casi insaciable por todo, el hombre emprendió una búsqueda más allá de necesidades básicas, anhelando los mayores goces que pudiera experimentar, aunque fueran drogas peligrosas o comidas engordadoras. 
   Lo que no pudo esperar mucho tiempo sería el momento propicio para que los fenómenos espirituales y el uso de las drogas se fusionaran. Lo que, en algunos casos sucediera de manera espectacular. 

Fuente: Onirogenia.

Publicado el 5 mayo, 2011 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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