Archivos Mensuales: agosto 2011
Querer es poder.
Cuando era pequeño mi abuela me repetía “querer es poder”. Aquello me ponía furioso porque me daba la impresión de que no comprendía mis dificultades para lograr algunas cosas y que no veía los obstáculos que me encontraba en el camino.
Después de los años y de alguna que otra lectura, he tenido que admitir que aquella dulce mujer que apenas había pisado una escuela, se había, con su rica sabiduría popular, adelantado a las conclusiones de las investigaciones neurocientíficas del nuevo milenio y al mismo tiempo, estaba describiendo los principios básicos de una tradición filosófico-espiritual que ni siquiera sabía que existía, el budismo.
La enseñanza profunda que trataba de transmitirme mi abuela era que cada uno
de nosotros puede, si quiere, transformarse a sí mismo y por extensión, su realidad. Del mismo modo, desde hace siglos los budistas sostienen que tenemos la capacidad de convertir el dolor en sabiduría, la envidia en compasión, la angustia en esperanza; que tenemos en nuestra mano la posibilidad de borrar las heridas del pasado y esculpir un futuro. Podemos aprender a ser felices y plenos.
En los reinos de la ciencia, sin embargo, siempre se había pensado lo contrario. El cerebro, el capitán general de nuestro comportamiento y nuestro sentir, es inamovible, decían. No sólo no se puede cambiar, añadían, sino que a lo largo de la vida vamos perdiendo neuronas que nunca más se vuelven a recuperar.
Fatalidad irreal
Pero los últimos años de investigación neurocientífica demuestran que semejante fatalidad no es real. Más bien todo lo contrario. Y he ahí que la ciencia demuestra los principios del budismo: con la intención, con la voluntad, con el deseo, se cambia lo que antes se consideraba escrito en piedra: la arquitectura cerebral.
Desde hace dos décadas el Dalai Lama se reúne periódicamente con neurocientíficos occidentales con el objetivo de aunar dos aproximaciones con orígenes muy diferentes, pero con el objetivo común de comprender la mente humana, su realidad y los caminos para alcanzar el bienestar. De estos encuentros han salido infinidad de proyectos y datos muy valiosos.
El Dalai Lama ha insistido desde el principio en que la fuerza de la mente puede cambiar el cerebro y con él nuestra manera de vivir y de crear el mundo que nos rodea. Sin embargo, ésta era una hipótesis difícil de aceptar para los científicos.
La reunión de 2004 en Dharamsala (India) entre ciencia y budismo tuvo como tema de discusión la mencionada propuesta de Su Santidad. Parece que los investigadores han tenido que plegarse a las evidencias de los estudios y dar la razón al budismo.
La periodista científica Sharon Begley ha recogido el encuentro en el libro Train your mind, change your brain, que acaba de publicarse en Estados Unidos, y en él se puede leer la siguiente cita de Michael Merzenich, un neurocientífico de la Universidad de California-San Francisco (EEUU), que testifica el cambio de pensamiento: “cada momento elegimos y esculpimos cómo va a trabajar nuestra siempre cambiante mente, elegimos quién seremos en el momento siguiente”. O dicho de otro modo, somos libres para decidir qué tipo de persona deseamos ser.
La piedra filosofal
La piedra filosofal para la transformación mental es una mezcla del querer es poder, (es decir, de la voluntad, la intención o la fuerza de la mente) y de la impresionante plasticidad del cerebro. Al igual que el entrenamiento físico fortalece los músculos, el entrenamiento mental modifica los circuitos del cerebro en la dirección que deseamos.
Si uno se empeña y lo desea puede construir y potenciar los circuitos de la felicidad, de la armonía, de la empatía y todo el etcétera que se quiera. Para los budistas el entrenamiento mental por excelencia, la herramienta para cambiar el cerebro y la realidad, es la meditación.
Así, el Dalai Lama habla del arte de la felicidad y cuenta su propio cambio gracias a la meditación. Explica que cuando era joven se enfadaba con mucha frecuencia y sentía rabia. Ahora, tras muchos años de meditación, esas emociones se han esfumado y no es porque pueda controlarlas, sino porque ni siquiera se presentan en su vida. Pero por supuesto no hace falta ser un monje budista para disfrutar de los efectos transformadores y creativos de la meditación.
Nuevas cualidades
La meditación permite cultivar cualidades nuevas que poco a poco se van incorporando de forma natural a la vida cotidiana. En un principio hay que tener la voluntad para dirigir la mente hacia el lugar que deseamos y de este modo se comienzan a formar nuevas conexiones cerebrales que son primero caminos y con el tiempo se convierten en autopistas cerebrales para la alegría, la compasión, la empatía…
Para eliminar los pensamientos o emociones negativas no hay que luchar contra ellas sino reemplazarlas por otras positivas. Decir “no a la guerra” es seguir dando protagonismo al conflicto, afirmar “sí a la paz” crea un nuevo circuito y borra la huella de la guerra.
Numerosos experimentos han demostrado que la práctica de la meditación altera la geografía neuronal, de modo que se potencia la actividad en áreas relacionadas con las emociones positivas, el bienestar y la felicidad. “Lo que estamos viendo es que la felicidad no es simplemente un estado, sino que es un producto de habilidades que se pueden mejorar con entrenamiento mental”, afirma Richard Davidson de la Universidad de Wisconsin-Madison (EEUU), uno de los primeros investigadores en llenar el cráneo de los monjes budistas de electrodos.
Y de nuevo no es necesario ser un monje budista o pasar horas en estado meditativo: se ha visto que incluso las formas más básicas de entrenamiento mental producen efectos positivos. Se puede considerar como si se educara a un niño jugando, pero en este caso el niño es nuestro propio cerebro.
Es lógico que los efectos en el cerebro de los monjes sean mucho más significativos, pero con tan solo una semana de meditación ya se pueden observar cambios en el cerebro de personas que nunca antes habían practicado esta técnica. La diferencia es que están más activas las áreas asociadas con el bienestar y el pensamiento positivo.
Una clave muy importante para la transformación es la observación de uno mismo, ese buceo interior del que habla David Lynch.
Experimento de Schwartz
Un ejemplo clarificador de esta mirada interior es un experimento realizado por Jeffrey Schwartz, neuropsiquiatra de la Universidad de California-Los Ángeles (EEUU), con personas que padecían trastorno obsesivo compulsivo – la patología de las manías como el personaje de Jack Nicholson en Mejor Imposible que no dejaba de lavarse las manos y cada vez estrenaba una pastilla de jabón.
Schwartz, budista y practicante de la meditación, quiso comprobar el potencial terapéutico de ésta. Siguiendo la idea de lo que se conoce como meditación consciente, es decir, observar lo que ocurre en el interior sin juzgar, enseñó a sus pacientes a separarse de su enfermedad; a observar los síntomas con la parte más lúcida de ellos mismos reconociendo que sólo eran manifestaciones de su trastorno.
Una semana de entrenamiento fue suficiente para que los pacientes afirmaran que sentían que la enfermedad había dejado de controlarlos. Pero lo más extraordinario y sorprendente para los científicos fue que las pruebas de imagen cerebral demostraban que sus redes neuronales habían cambiado. La simple educación mental había reducido la actividad en los circuitos cerebrales que causan la enfermedad.
Se han obtenido resultados similares en casos de depresión, pero no hace falta sentirse mal para comenzar a entrenar la mente y modificar nuestras vivencias. De hecho, otro de los principios fascinantes del budismo es que afirma que la realidad exterior es el producto de nuestras proyecciones. De modo que si se modifica el interior, el resto también cambiará.
La influencia del entorno
Hay quienes aseguran que todos deberíamos hacernos preguntas sobre nuestros conflictos internos a la vista de los que se producen en el mundo. Quizá una de las zonas donde los conflictos son más profundos es en Oriente Próximo. Y precisamente en la Universidad Bar Ilan de Israel, bajo la dirección de Phillip Shaver y Mario Mikulincer, se han llevado a cabo varios experimentos con conclusiones particularmente interesantes para esa zona del planeta.
Un grupo de estudiantes israelíes judíos evaluó a otro grupo de estudiantes. Aunque los examinados eran todos judíos, Shaver y Mikulincer manipularon los datos e hicieron creer a los examinadores que algunos de ellos eran árabes.
Como seguramente muchos supondrán, la percepción de los evaluadores fue mucho más negativa cuando pensaban que estaban ante un árabe. Los encontraban impulsivos, vagos, conflictivos… Pero hay esperanza.
Cuando los científicos hicieron a los examinadores que recordaran momentos en los que alguien les daba amor, las calificaciones cambiaban radicalmente. Ya no había diferencia alguna en la percepción de judíos y árabes.
Los experimentos se repitieron empleando distintos tipos de imágenes mentales, por ejemplo, sentirse rodeado de gente que te ama, te apoya y que está dispuesta a ayudarte, y los resultados fueron siempre los mismos.
Conclusión conmovedora
La conclusión es conmovedora y esperanzadora. Los recuerdos de amor, de apoyo, activan circuitos mentales relacionados con la sensación de seguridad emocional, de solidez y de autoestima. Entonces el mundo y las personas que nos rodean se ven a través de ese cristal y lo que se percibe es tolerancia, comprensión, apertura y empatía.
Cuando el mundo interior está en paz y armonía, el mundo exterior
se contagia de esa paz y armonía. Y aquí es donde volvemos a encontrarnos con el budismo. Una de las formas principales de meditación está orientada a la compasión y su objetivo es entrenar la mente para alcanzar una profunda empatía con todos los seres vivos. Entre las técnicas que los budistas emplean para potenciar la compasión está revivir el amor de la madre.
Continuando con los cuidados maternos, llegamos a la parte más extraordinaria del asunto. Con el “querer” se puede incluso doblegar la genética, burlar el supuesto determinismo del ADN.
Los cambios que incorporamos a nuestro comportamiento a base de cultivar lo mejor de nosotros mismos se transmiten a las generaciones futuras igual que ocurre con el color de los ojos o de la piel. La ciencia lo ha constatado con animales de laboratorio en los que es posible hacer un estudio tan complejo.
Amor maternal recuperado
Los trabajos de Michael Meaney de la McGill Universitiy en Montreal (Canadá) han demostrado que ratas nacidas de madres poco amorosas repetían el comportamiento de sus progenitoras con sus propias crías. Sin embargo, cuando las hijas de las descuidadas madres eran criadas por otras cariñosas y solícitas dejaban de lado la genética y se volvían como sus progenitoras adoptivas.
En la siguiente generación, aquellas que estaban abocadas por sus genes a no ocuparse de sus vástagos dieron un golpe de timón y cambiaron el curso de su descendencia. Si algo así se puede lograr con sólo el instinto animal, imaginemos hasta dónde se puede llegar con la voluntad consciente. Definitivamente “querer es poder”.
El contacto con la naturaleza aumenta la salud humana.
componente esencial para una buena salud”, asegura Frances Ming Kuo, responsable de la investigación, que lleva más de una década estudiando, junto con William Sulivan y Andrea Faber Taylor, el efecto de los espacios verdes en los seres humanos, con el fin de probar o refutar las nociones tradicionales al respecto.Kuo establece la relación entre la naturaleza y la salud en los humanos haciendo una analogía con los animales: “Así como las ratas y otros animales de laboratorio que viven en ambientes ajenos a su hábitat sufren alteraciones y trastornos que afectan a su funcionamiento social, a las personas les ocurre lo mismo”.
Por el contrario, aquellas personas que no conviven con la naturaleza tienden a sufrir déficit de atención y síntomas de hiperactividad, sugirió un estudio previo, así como mayores tasas de trastornos de ansiedad y depresión.
”Si estos datos no son lo suficientemente convincentes”, dice Kuo, “lo es el hecho de que los impactos de los parques y entornos verdes en la salud humana van más allá de los beneficios psicológicos, porque ofrecen beneficios también para la salud física”.
“Si bien es cierto que quienes tienen más poder adquisitivo tienden a tener
mayor acceso a la naturaleza y mejores resultados de salud física, aquí las comparaciones muestran que incluso entre personas del mismo nivel socioeconómico, los que tienen mayor acceso a la naturaleza tienen mejores resultados de salud física”, explica la directora del Laboratorio de Paisaje y Salud de la Universidad de Illinois.
Naturaleza y salud, un binomio muy estudiado
Existen múltiples estudios que relacionan naturaleza-salud humana. “Los investigadores han estudiado los efectos de la naturaleza en muchas poblaciones, de tipologías muy distintas. Por ejemplo, han observado a habitantes de Chicago residentes en edificios altos, con un árbol o dos y zonas ajardinadas fuera de los edificios donde viven; a estudiantes universitarios expuestos a presentaciones de diapositivas de escenas naturales mientras estaban sentados en clase; a niños con trastorno por déficit de atención, a personas de la tercera edad en Tokio con diferentes grados de acceso a calles peatonales verdes, y a voluntarios de clase media que pasan sus sábados reconstruyendo ecosistemas de pradera, por nombrar algunos colectivos”, enumera Kuo.
La investigadora señala que “los estudios no han consistido, simplemente, en confiar en lo que los participantes en la investigación informen acerca de los beneficios que para ellos tiene la naturaleza sino que dichos beneficios se han medido, objetivamente, con datos como los de informes sobre delincuencia de la policía, como los de análisis de la presión arterial, como los del rendimiento en pruebas neurocognitivas estandarizadas o como los de mediciones fisiológicas de funcionamiento del sistema inmune”.
Zonas verdes, elementos vitales en ciudades
En este sentido, la directora del Laboratorio de Paisaje y Salud asegura que, en lugar de basarse en muestras pequeñas formadas por amantes de la naturaleza, los científicos confían cada vez más en estudios elaborados a partir de la opinión y experiencia de segmentos de población que no tienen ninguna relación particular con el medio ambiente. Así, por ejemplo, un estudio examinó a niños que estaban recibiendo la atención de una red de clínicas dirigidas a población de bajos ingresos.
Lo mismo sucede con indicadores como el nivel de renta, característica que hasta el momento se había ignorado a la hora de realizar trabajos de investigación de este tipo.
“Los científicos están teniendo en cuenta los ingresos y otras diferencias en sus estudios. Así que la pregunta ya no es si las personas que viven en barrios más verdes tienen mejores resultados de salud, que los tienen, sino más bien la cuestión se ha convertido en si las personas que viven en barrios con zonas verdes tienen mejores resultados de salud cuando se tiene en cuenta la renta y otras ventajas asociadas. A esta pregunta la respuesta es igualmente afirmativa”, concluye Kuo.
Debido a la fuerte relación entre naturaleza y salud, la investigadora alienta a los encargados a trazar la arquitectura de las ciudades y a diseñar comunidades con más espacios verdes públicos, no como meros elementos decorativos sino como componentes vitales, claves para la promoción de la salud, la amabilidad, la inteligencia, y la eficacia de la población.
Louis Wain y sus gatos esquizofrénicos.
Quién le iba a decir a Louis Wain (1860-1939), freelance artist británico, como lo define su biografía en wikipedia, que iba a pasar a la posteridad como paradigma de la Medicina moderna. El caso del pintor inglés es fascinante y bastante curioso, tanto por los hechos que marcaron su vida como por la evolución de su arte.
Wain creció rodeado de hermanas (cinco) y de gatos, y pronto destacó en su labor de dibujante, en la que mostraba su mayor obsesión: los gatos. Durante la
enfermedad de su mujer, que murió atacada por un cáncer solo tres años después de contraer matrimonio con Wain, el artista sintió la especial relación que su esposa, Emily Richardson, tenía con su pequeño gato Peter, e hizo todo lo posible para animar a su mujer, lo que incluía realizar espectáculos con el pequeño Peter, al que Wain hacía parecer humano.
Vivir encerrado con sus hermanas y diecisiete gatos, y el mal trago de su matrimonio, acabó influyendo notablemente en su obra. En las primeras imágenes de Wain observamos esos gatos humanizados, antropomórficos, que se presentan actuando como humanos, los humanos con forma felina que acompañaron la vida del pintor inglés. Su obsesión no era normal, y aunque algo tarde (tenía 57 años), le fue diagnosticado un principio de esquizofrenia.
La esquizofrenia presenta un notable componente hereditario y las pruebas indican que su base radica en un trastorno biológico. La actividad cognitiva del esquizofrénico es anormal, hay incoherencias, desconexiones y repercute notablemente en el lenguaje, pues no piensa ni razona de forma normal. La edad de inicio promedio de esta enfermedad en los hombres es entre los 15 y los 25 años, y en las mujeres entre los 25 y los 35 años. Puede aparecer antes o después, aunque es poco frecuente que surja antes de los 10 años o después de los 50 años, pero no imposible, como observamos en el caso de nuestro pintor inglés. Normalmente su comienzo puede ser agudo, es decir, aparecer de un momento a otro con una crisis delirante, un estado maníaco, un cuadro depresivo con contenidos psicóticos o un estado confuso onírico. También puede surgir de un modo progresivo. Normalmente suele ser crónica y causa una gran discapacidad.
La aparición de la esquizofrenia trastocó tanto la vida como el arte de Wain, que pasó los últimos 15 años de vida ingresado en instituciones psiquiátricas. Sin embargo, Wain siguió pintando activamente y gracias a ello podemos observar una muestra de cómo su arte fue evolucionando con el progreso de la enfermedad, degenerando en figuras geométricas que distaban mucho de la percepción normal sobre los gatos previa a la enfermedad. Volviéndose, en definitiva, un arte abstracto y de difícil comprensión.
Como observamos, las siluetas felinas se fueron convirtiendo en líneas brillantes, cortas y puntiagudas que emanan hacia al exterior, como si tratara de arrojar la energía hacia fuera. En la figura 3, la imagen está conformada por pequeñas formas repetitivas que se reúnen, recordándonos en cierto modo a una deidad oriental. Ya en la figura 4 se repiten pequeños patrones que semejan fractales. Llegando por último a una abstracción completa e ininteligible.
Realmente no se conoce aún el motivo de la aparición de la esquizofrenia (ni temprana ni tardía). Aunque sí hay ciertos estudios que indican que hay predisposición genética. Además se cree que se debe a desequilibrios químicos, y que una experiencia traumática puede influir en su aparición. Debido a la invención y el aumento de la disponibilidad de medicamentos eficaces en el tratamiento de la esquizofrenia, el pronóstico para alguien diagnosticado con este desorden hoy en día es mucho mejor que el que tuvo Wain, diagnosticado en 1917.
Wain, al igual que muchos esquizofrénicos de aparición tardía, nunca se recuperó de su enfermedad y su arte ha quedado para siempre como marca de su enfermedad y como una prueba fascinante para los estudios médicos de pacientes esquizofrénicos.
Crean el primer mapa del cerebro místico.
Científicos de prestigiosas universidades, como la universidad de Penssylvania, la Johns Hopkins University o la Universidad de Harvard, entre otras, están utilizando las tecnologías más punteras para analizar el cerebro de personas que afirman haber conocido la espiritualidad (cristianos, monjes budistas, personas que han sufrido experiencias cercanas a la muerte o ECMs, etc.).
La así llamada “ciencia de la espiritualidad” está consiguiendo con estos estudios establecer la disposición de la actividad neuronal correspondiente a diversos aspectos de la religiosidad humana.
Tronco cerebral y misticismo
En primer lugar, NPR habla del tronco cerebral (parte 1 en el mapa), que es la mayor ruta de comunicación entre el cerebro anterior, la médula espinal y los nervios periféricos. En esta región del cerebro es donde se encuentra el sistema de la serotonina, un neurotramisor neuronal que se sabe ayuda a regular el estado de ánimo y el sueño.
Investigadores de la Johns Hopkins University, de Estados Unidos, han conseguido influir en los niveles de serotonina utilizando una sustancia alucinógena llamada psilocibina, con la que lograron provocar experiencias místicas en un grupo de voluntarios.
En segundo lugar, el NPR explica que los científicos han analizado una parte del cerebro situada en el lóbulo temporal, (parte 2 en el mapa) que, según ellos, podría ser la sede de la espiritualidad humana.
A esta conclusión se ha llegado gracias al estudio de enfermos de epilepsia. El lóbulo temporal es el centro de la actividad epiléptica y se ha constatado que, a menudo, los ataques epilépticos vienen acompañados de diversas experiencias religiosas (como escuchar la voz de Dios o de los ángeles). Por eso, los científicos han establecido una relación entre ambas experiencias.
Meditación y parte frontal del cerebro
En tercer lugar, el NPR se refiere a los estudios realizados en la rama de la neuroteología, que han establecido que el cerebro de las personas que meditan o rezan con asiduidad funciona de forma distinta al de las personas que no lo hacen.
Concretamente, NPR menciona un estudio realizado por Andrew Newberg, de la Universidad de Pennsylvania, y del que ya hablamos en la Piedra Psilosofal, que reveló que cuando se desarrolla la concentración propia de la meditación o de la oración, la actividad neuronal se intensifica en la parte frontal del cerebro, al tiempo que decrece la actividad en la región de los lóbulos parietales (parte 3 del mapa).
Esta reducción de actividad neuronal es lo que origina percepciones espaciales anormales, así como la pérdida del sentido habitual de uno mismo que se tiene en estado de vigilia.
Ambas condiciones del cerebro propiciarían la llamada “experiencia mística”, que es la que permite a un sujeto trascender su identidad individual e identificarse con la totalidad que se supone sustenta al universo físico conocido, explican los investigadores.
Otros aspectos de la espiritualidad
Otro aspecto de la espiritualidad humana, cuya relación con el cerebro se está investigando actualmente (parte 4 del mapa), es el del efecto de los pensamientos espirituales y de las oraciones sobre la capacidad del ser humano para recuperarse de las enfermedades, señala el NPR.
Científicos de diversas procedencias, incluidos investigadores del National Institutes of Health, de Estados Unidos, tratan de averiguar, concretamente, si los pensamientos de una persona pueden afectar positivamente al estado físico de otra.
En la misma línea, los científicos están analizando las experiencias cercanas a la muerte (ECM’s) y las visiones que éstas suelen conllevar. Mientras algunos investigadores mantienen que dichas visiones son sólo alucinaciones, un grupo pequeño pero creciente de científicos afirma que las ECMs demuestran que la conciencia está relacionada con el cerebro, pero que no es exclusiva de éste.
La neurología investiga en la actualidad el sustrato neurológico de la experiencia religiosa desde una perspectiva puramente científica. En esta misma dirección van los trabajos de numerosos científicos, como Dean Hamer, Eugene D’Aquili, Sam Harris, Robert M. Gimello, Mario Beauregard, Vincent Paquette o Richard Davidson.
Una osa acaba con la vida de su torturada cría y se suicida.
Así es, el titular lo dice todo. Se trata de una triste historia acaecida en una de las “granjas de bilis” de China.
Una osa encajonada y con la barriga abierta para extraer su bilis, logró escapar de su jaula y se dirigió donde estaba su hija, a la cual también le habían abierto el estómago, para acabar con su vida, y también así con el sufrimiento que ella había estado arrastrando durante años. A continuación la madre se suicidó lanzándose contra la pared repetidamente.
Sorprende a priori la increíble conciencia de la madre osa. En el mundo animal es
difícil, si no imposible, desprenderse de los instintos que guían la vida. Uno de esos instintos es el de proteger a las crías; no obstante, en este caso se impuso en la acción una desagradable lógica por encima del instinto, pues en la mente de la madre era imperdonable e inconcebible que su hija sufriera el mismo destino.
Otro instinto es el de la propia supervivencia, el cual también se vio obligada a ignorar.
La granja de bilis
Los métodos de estas granjas son diferentes, pero generalmente los osos son confinados en pequeñas jaulas alargadas, donde deben permanecer recostados, lo que impide cualquier movimiento del oso dentro de ésta. En otras ocasiones, los osos pueden moverse un poco dentro de la jaula, pero son maniatados o amarrados si se sacan los catéteres o si “son muy agresivos cuando se procede a la extracción”. Esta situación, prolongada por semanas, meses e incluso años, les causa terribles sufrimientos físicos y psicológicos. Pero el método de extracción de la bilis es mucho más doloroso: una cirugía sin anestesia para implantarles un ordinario catéter o tubo de hierro en su abdomen; o una perforación permanente en su abdomen, conocido como “técnica de goteo libre”. Muchos osos mueren por las infecciones causadas por la cirugía que no previene ninguna medida higiénica, y los que sobreviven pasan el resto de sus vidas sufriendo en dolor y deprivación. De un estudio realizado por la WSPA, cito:
“El método usado para la extracción de la bilis es diferente en cada una de las granjas, pero en todos los casos se hace una abertura quirúrgicamente en el área del abdomen hasta la vesícula. Después se inserta una fístula o un tubo para extraer la bilis o tambien se inserta un tubo de metal a la fuerza a través de la vesícula, para que la bilis pueda caer a un balde colocado debajo de la jaula. Durante entrevistas llevadas a cabo con especialistas chinos acerca de las técnicas usadas en las granjas de osos, se reveló que por cada dos implantes exitosos de fístula, hay otros dos o tres fracasos que provocan la muerte a los osos debido a complicaciones y a infecciones. El promedio de mortalidad es actualmente entre 50 y 60 por ciento, este promedio es más bajo de lo que antes se reportaba, entre 70 y 80 por ciento.”
Muchos de estos osos, que viven una desesperada situación de stress, soledad, dolor y enfermedad, comienzan a golpearse contra los barrotes, quedando con pelones, traumas y cicatrices permanentes. Otros menos afortunados, han quedado con secuelas y daño cerebral permanente debido a las múltiples infecciones y daños orgánicos que pasaron a causa del proceso de extracción de bilis, por tiempo tan prolongado.
Es lamentable que estos sucesos aún sigan produciéndose, pues el uso de la bilis de oso en China se basa simplemente en supersticiones. Habrá que esperar a que la razón acabe con estas masacres injustificadas, ya que en este caso han obligado a una madre a asesinar a su propia hija, un acto tan cruel y doloroso como para quitarse la vida.
La educación debe facilitar el desarrollo de la conciencia.
Alain Touraine es uno de los más brillantes y comprometidos sociólogos de nuestra época, recientemente galardonado, junto a Zygmunt Bauman, con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010.
Él dice que en el momento actual estamos atravesando por tres crisis: la económica-financiera, la ecológica-planetaria y la política. Ésta última, se expresa cada vez con más insistencia, como incapacidad de los gobiernos nacionales y de las instituciones internacionales para hacer frente a los graves problemas de la humanidad, creyendo ingenuamente que una vez restaurados los beneficios de los bancos, todo se va a resolver. En este sentido señala algo que nos parece de extraordinaria importancia para la educación y así nos dice: «…la construcción de un nuevo tipo de sociedad, de actores y Gobiernos, depende antes que nada de nuestra conciencia y de nuestra voluntad, o más sencillamente aún, de nuestra convicción de que el riesgo de que se produzca una catástrofe es real, cercano a nosotros y de que, por tanto, tenemos que actuar necesariamente…».
En la misma línea, el insigne y reconocido Zygmunt Bauman nos recuerda uno de los mensajes que más insistentemente se han ofrecido en la pasada Conferencia Internacional celebrada en Fortaleza, y así nos dice que vivimos en un mundo, «…donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre, en el que estamos destinados a intentar, una y otra vez y siempre de forma inconclusa, comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás, destinados a comunicar y de ese modo, a vivir el uno con y para el otro…».
Estamos pues ante una crisis que es al mismo tiempo externa e interna. Externa
en cuanto afecta a las condiciones materiales de nuestra existencia y de la vida en el planeta, e interna porque se relaciona estrechamente con nuestra naturaleza humana y nuestra forma de construir conocimiento y sentido. Y es en este punto, donde aparece de nuevo el indispensable papel que debe jugar la educación como facilitadora y promotora del desarrollo de la conciencia, la voluntad, la comprensión y el compromiso, como dimensiones estratégicas del aprendizaje y la enseñanza de condición humana.
Sin embargo, la educación también continúa en crisis, una crisis de la que ya nos alertó Iván Illich hace más de cuarenta años, cuando nos mostraba la extraordinaria y alienante confusión entre ”escolarización” y “educación” (ILLICH, I.; 1974). Y es que los sistemas educativos de nuestro tiempo han alcanzado tal grado de burocratización y tecnologización al ritmo de la expansión de los mercados, que difícilmente podemos encontrar ya en ellos algo diferente a saberes puramente utilitarios y/o adaptativos. Pero además, porque dichos sistemas supuestamente educativos, están más preocupados y ocupados en vender acreditaciones y proporcionar competencias y habilidades profesionales, que en crear las condiciones y mediaciones necesarias para que cada ser humano conquiste de forma original y autónoma su propia humanidad.
¿Qué queda dentro de nuestro ser, cuando después de haber pasado toda una vida entera en las aulas, nos damos cuenta de que toda la información y el supuesto conocimiento recibido y legitimado socialmente, únicamente tiene un valor de cambio perecedero y caduco? ¿Qué recordamos de nuestra experiencia escolar y académica como más valioso para nuestras vidas? ¿O es que nuestro paso por las escuelas y universidades no es más que una liturgia y un obligado requisito para sobrevivir en una sociedad de mercado en las que ganancia, apropiación, desigualdad y consumo ilimitado, siguen siendo de una y mil formas su fin y su medio? ¿Qué nos han aportado nuestros estudios y certificaciones al conocimiento de nosotros mismos y nuestras vinculaciones y conexiones con la sociedad y la naturaleza? ¿No será que el conocimiento adquirido y construido se ha quedado hipertrofiado y nada nuevo somos capaces ya de generar, como no sea en términos de mayor burocratización y mercantilización? ¿Es que acaso nuestras instituciones académicas y escuelas consiguen los resultados esperados que declaran en sus siempre paradisiacas visiones, misiones y valores? ¿No será que nuestra simplificadora y disciplinaria mente escolarizada es incapaz de concebir nuevas formas de pensar, sentir y hacer educación? ¿O no será que la educación amplia y formalmente entendida es un fenómeno que sucede fuera de las aulas y en los márgenes de éstas? ¿O es que lo que entendemos por educación no es más que una sofisticada y costosa superestructura institucional que legitima, garantiza y reproduce un modo de producción inhumano e insostenible?
La fragmentación de los problemas impide su diagnóstico y solución.
A estas alturas del siglo XXI es hora ya de hacer frente a tanto discurso de reforma e innovación educativas, que bajo su apariencia de neutralidad y realismo económico estimulador de productividad y competitividad, o bajo un supuesto fondo ético de una mal llamada e incoherente ”educación en valores”, nos va enajenando de nuestro natural e interminable proceso de hominización-humanización. Y son precisamente estos discursos que naturalizan y legitiman separaciones y dualidades (teoría-práctica, medios-fines, enseñanza-aprendizaje, profesor-alumno, razón-emoción…) los que al compartimentar y fragmentar los saberes legitimando las disyunciones, simplificaciones y exclusiones, no solo promueven errores, ilusiones y cegueras del conocimiento (MORIN, E.; 1999), sino que obstaculizan e impiden tanto el diagnóstico de los problemas, como su solución.
Si los problemas más importantes de la vida, de la humanidad, del planeta y de las personas como sujetos individuales y colectivos, son siempre globales, contextuales y relacionales, necesariamente tendremos que buscar y encontrar
estrategias, procedimientos, métodos y acciones que nos permitan contextualizar, relacionar, vincular, conectar y religar saberes, conocimientos y disciplinas. Y es a la educación y especialmente a todas sus instituciones formales e informales, privadas o públicas, presenciales o virtuales, a las que corresponde asumir la responsabilidad de construir una «ecología de los saberes» tomando como fin y como medio el aprendizaje y la enseñanza de la condición humana, ya que de lo contrario, difícilmente podremos poner de manifiesto en lo cotidiano y en lo concreto que otro mundo es realmente necesario y posible.
Enseñar la condición humana requiere autoaprendizaje, compromiso y experiencias vitales.
No se trata pues, de volver por las viejas sendas del pensamiento disciplinar, curricular y organizativo que alimenta nuestra mentalidad escolar, como tampoco de creer que hemos de inventar un nuevo precepto enseñando a los demás a vivir como si los profesionales especializados en educación o los funcionarios docentes fuesen realmente sabios en esta materia. De lo que se trata más bien, es de saber combinar complejamente las necesidades y problemas materiales de existencia de nuestros contextos locales y globales, junto a la imprescindible e indelegable tarea de aprender a vivir de forma autónoma sin necesidad de que nadie nos lo prescriba en forma de recetas académicas o de inculcación ideológica.
¿Realmente es posible enseñar la condición humana a partir de una mente escolarizada y curricularizada que únicamente ve disciplinas, exámenes y acreditaciones en todos los lugares? ¿Cómo habilitar contenidos, espacios, tiempos, recursos y condiciones para una enseñanza tan básica y fundamental para nuestra vida? ¿Podremos enseñarla en el marco de la relación profesor-alumno o habrá que comprender y asumir radicalmente aquel siempre nuevo principio que Paulo Freire nos legó de que nadie realmente educa a nadie y que todos nos educamos en comunión?
Tal vez nuestros discursos y declaraciones nos hacen tan prepotentes, que a menudo olvidamos que en lo más sencillo, en lo más humilde e insignificante puede siempre brillar la luz del más valioso y fructífero de los aprendizajes. Y
no se trata aquí de simplificar o de reducir a recetas didácticas o a medidas curriculares todo lo que pensamos como deseable, sino más bien de comprender que el campo de los aprendizajes auténticamente transcendentes para la vida y para el desarrollo pleno de nuestra humanidad está todavía sin explorar lo suficiente. Es necesario pues incorporar como educadoras y educadores, no sólo a cualquier persona que nos muestra con su conducta el sentido de su vida, sino también a la Naturaleza entera de la que formamos parte.
Visto así, queda claro al menos, que es imposible enseñar la condición humana en el sentido escolarizado y burocrático al que estamos acostumbrados y queda claro también la absoluta imposibilidad de enseñar nada de nuestra condición si no estamos profundamente implicados en su aprendizaje. Enseñar la condición humana es por tanto, no un proceso de transmisión, ni de ejercicio de conductas testimoniales siquiera, sino más bien un proceso de autoaprendizaje, de compromiso y de experiencias vitales con todo aquello que forma parte de nuestra compleja y contradictoria naturaleza. De aquí por ejemplo, que no podamos entender dicha enseñanza-aprendizaje sin el reconocimiento del otro como legítimo otro, sin la aparición y el desarrollo de procesos afectivos y amorosos que son al mismo tiempo dialógicos, interactivos y auto-eco-organizadores.
Extracto del artículo ”Educación y condición humana” de Juan Miguel Batalloso Navas.
El café también es alucinógeno.
Un grupo de psicólogos de la Universidad de Durham, en el Reino Unido, afirma que la gente que consume más de siete tazas de café instantáneo al día es tres veces más propensa a haber escuchado voces o haber visto cosas que no estaban allí.
De acuerdo a los científicos, tener alucinaciones no es algo poco común. Cerca
del 3% de las personas escucha voces regularmente cuando realmente no hay nadie. Pero los que los psicólogos están tratando de demostrar es si el café y otras fuentes de cafeína pueden tener un efecto en las posibilidades de escuchar o ver cosas que realmente no existen.
Matt McGrath, de la BBC, informa que el estudio encontró que los consumidores de cafeína en exceso eran mucho más proclives a experimentar alucinaciones, incluyendo la presencia de personas muertas.
Para el estudio, publicado en la revista Personality and Individual Differences, el equipo de Jones consultó a 200 estudiantes sobre su ingesta habitual de café, té, bebidas energizantes y otros productos con cafeína. Los expertos también evaluaron el nivel de estrés de los participantes. Los estudiantes que consumían la mayor cantidad de cafeína eran más propensos a informar experiencias de alucinaciones, como oír voces y ver cosas donde no las hay.
La hormona del estrés, el cortisol, ayudaría a explicar la relación, dijo Jones. Los investigadores saben que el cuerpo emite más cantidad de la hormona después de ingerir cafeína y éste adicional fomentaría las alucinaciones -los autores no consultaron a los estudiantes cuánto dormían-.
El próximo paso es probar si la cafeína realmente provoca las alucinaciones o si las personas que las padecen simplemente consumen más cafeína cuando están bajo presión, agregó Jones. “Podría ser que aquellos que tienen alucinaciones presenten mayores niveles de preocupación y ansiedad y que eso los lleve a consumir más cafeína”, finalizó el experto.
Los psicólogos esperan que sus hallazgos contribuirán a un mejor entendimiento de los efectos de la nutrición en las alucinaciones.












